jueves, 26 de marzo de 2015

El laberinto de sus ojos

La definiría como poesía con piernas si sus piernas no fueran también poesía.

Ovidio ya escribió sobre sus ojos, laberintos en los que se pierde todo aquel que se adentra. 
Si te atreves a adentrarte procura esconderte con destreza,
pues el minotauro,
aunque no sea más que amor con cuernos, embiste con fuerza.

Su melena dorada, le da ese aspecto de leona recién levantada por la mañana. 
Está formada por el hilo de oro 
que algunos de los que entramos en el laberinto hemos dejado fuera
con la esperanza de que nos pille el toro.

Lo dejamos fuera para enamorarnos de ella,
 para que nuestra felicidad se encuentre en hacerla feliz,
 y es aquí donde reside gran parte de su belleza, 
en su sencillez, pues no hay objetivo más fácil de cumplir,
sólo necesita comida, una cama donde dormir
y unos cuantos libros 
en los que vivir.


sábado, 14 de marzo de 2015

Adiós

Me quedo con la colección de monedas,
me quedo con el diploma al mejor nieto, aunque no sea verdad,
me quedo con los paseos en carrito,
con los chicles y el granizo,
me quedo con aquellas historias  
donde relatabas tus `memorias´, 
me quedo con el fuerte de vaqueros,
por quedarme me quedaría contigo abuelo, pero no puedo.

Te quiero

sábado, 7 de marzo de 2015

El escapista

5 huidas, 4 heridas, cada una con nombre y apellido.

-La primera herida huida, la que más dolió.
 Huí de quien me enseñó qué es el amor, de a quién más debo de lo que ahora soy, de sobre quien nunca escribo, pero a la que siempre encuentro en cada uno de mis versos.
De una forma u otra ella fue la bailarina de Viena, cada bala disparada que impactó en mi pecho y aquella hoguera que me dejó ciego largo tiempo, pero sobre todo, ella fue la que me enseñó por qué escriben los poetas.

-La segunda herida huida me enseñó que yo también podía enamorar.
Huí de una de las mejores personas que he conocido nunca. Con ella planeé una vida idílica sólo para matar el tiempo haciendo los bocetos, hoy me arrepiento de cada trazo, pues acabé abandonándolos en una esquina, esquina a la que ella sigue llevando flores, esquina por la que yo ya no paso.

-La tercera herida huida fue el mayor error de mi vida, no por la huida en sí, ya que cogí aire con cada paso que me alejaba del vaso medio lleno (de sentimientos) donde me ahogaba, sino por lo que dejé en él. La dejé a ella, quise sacarla, pero ella solo quería nadar conmigo. Por desgracia sé que aún sigue allí, arrugándose.

-La cuarta herida huida aún escuece, esta vez huí a dos pupitres de distancia.
Me alejé a través de palabras en la web porque me dolió doler. 
Huí de con quien jamás pude haber sido, aunque no sé por qué.
Huí de mi chica perfecta, a quien por desgracia no he llegado a querer (al menos, no como ella necesita que la quiera). A ella le debo este texto y todos mis versos, pues fue la que me animó a escribir, y siempre le estaré agradecido por ello.

La quinta y última huida no dejó herida. 
No sé si llegué a quererla, pero sí sé que ella a mí no, pues no sabe como hacerlo.
Cuando me di cuenta le dije que me iría. Ella prometió que cambiaría, yo no la creí, pero aún así me quedé. Al final solo me arrepentí de quedarme, pues llevaba yo razón. Solo le agradezco que no me permitiese darle más, pues aunque le di mucho, le debo poco.