viernes, 12 de enero de 2018

La tumba de una rosa

Había una rosa que recorría mi garganta y se posaba en mis labios,
estaba formada por 30 pétalos de plata que guardaba entre la lengua y el paladar
y 10 espinas clavadas en la traquea que no me dejaron hablar.

Cada uno de sus pétalos fue un pecado compartido y cada espina un año invertido
en una herida que aunque ya no sangra sigue sin cicatrizar.

Dice Andrés que duele más un desamigo que un desamor, yo lo que digo es que me duele no quitarme este sabor, el de la pólvora, la metralla, la sangre y el metal. 
El de una flor marchita que dejó su fragancia atrás.

Hace ya años que cayó el último pétalo y que la deuda fue pagada,
la culpa traicionada, y la plata ganada en una vida y media 
que acabó cortada.