Sube el telón, se apagan las luces y el silencio comienza a expandir sus dominios por cada fila del teatro.
Al cabo de unos minutos, el silencio y la espesa negrura crean un aura en que se funden público y reparto, mezclados hasta hacerse uno.
Silencio total.
La atmósfera comienza a tensarse, la inquietud es palpable en la respiración de la chica que inunda el teatro desde la primera fila, y al igual que el chico de mi izquierda, decenas de piernas se elevan y descienden unos centímetros a gran velocidad, y cada vez más rápido hasta hacerte pensar que han cobrado vida propia y han decidido huir como más tarde harán los cuerdos.
En medio del silencio, los sonidos de quienes se remueven incómodos en sus asientos resultan completamente ensordecedores... y es ahí cuando comienza la función. No hay nada cronometrado, es un momento palpable, lo reconoces con la práctica.
Es entonces cuando en medio de la nada, la chica a la que nadie ve se pone de pie y grita. Pero no con toda el alma, si no haciendo rechinar los pedacitos de lo que le queda, desgarrando el espeso hilo que se ha tejido hasta entonces, precedido por el sonido de cientos de cuellos girando a la vez hacia el mismo lugar, aquél donde la oscuridad es más intensa. Algunos protestan, se escucha algún sollozo, pero nosotros mantenemos la paciencia.
Asustar no es el objetivo, pero es necesario para completar la experiencia.
En la oscuridad, le enjugo una lágrima a quien tengo a mi derecha, tras un leve sobresalto se percibe el agradecimiento, no son necesarias las palabras. Seco mis dedos y me preparo, ya vuelve.
Regresa el silencio, pero esta vez no es el mismo, se percibe algo distinto, un murmullo que se alimenta a sí mismo, un tamborileo impalpable ensordecido en la caja torácica de aquellos entre los que me incluyo. Este es nuestro pistoletazo de salida. Unos pocos, a los que más tarde llamarán locos, nos ponemos de pie y empezamos a correr.
Libres pero encerrados. Sin rumbo pero con motivos. Guiados por los cuatro vientos que atraviesan nuestro pecho.
Ni uno de nosotros choca, nadie se cansa, y la risa que más resuena es la de la chica que hace unos minutos gritaba desgarrada. Pero no es todo diversión (mentira), también hay que trabajar, así que apartamos unos segundos nuestra libertad para alcanzar la mano de algunos asistentes, y sin palabras, pero con sonrisas intangibles, les invitamos a unirse. No todos lo llevan bien, unos declinan la invitación con educación, prefieren sentarse y escuchar nuestros pasos, nuestras risas. Otros simplemente buscan la puerta maldiciendo (o no) y huyen.
Pero todo tiene sentido, solo porque algunos se unen, arrastrando a sus acompañantes, y nosotros gentilmente pero en silencio, les enseñamos a correr, como se enseña a un niño a andar.
Y juntos, flotamos en la oscuridad.
Si algún día uno de esos locos se cruza en tu camino... no te sueltes.
martes, 19 de enero de 2016
lunes, 4 de enero de 2016
Ya verás
Al abrir su cama perdió.
No la razón, si no la memoria de aquella otra historia que guardaba
en el cajón.
Perdió el corazón de quien se lo entregó, que lo pidió de vuelta, sólo por si la amante se
demoraba en la búsqueda de un pitillo furtivo que echar sobre el colchón y lo encontraba.
Ella no quería que sucediese, así no.
De modo que robó el corazón regalado, pensando que estaría mejor en otras manos.
En cualquier sitio antes que en la habitación en que habitó.
Si algo se le puede reprochar, es tardar tanto en recuperar lo prestado.
Sin embargo, este ya no le cabía en el pecho,
en el lugar en que un día reposó se extendía ahora un nuevo brote,
por eso vagó por las calles cargando con su peso.
Él regresó para recuperar el trofeo que le pertenecía por derecho, mas no por justicia, y menos,
por amor.
La verdad es que después no sé lo que pasó, me gustaría pensar que ella se negó. Que se lo
entregó a un pecho lo suficientemente grande para albergar dos, o que lo tiró a la basura y
esperó hasta que el brote creció, y él se dio cuenta de que por mucho que guardase en el
cajón, nada podría ocupar el hueco que deja un corazón.
Aunque si he de ser sincero, supongo que la realidad fue bien distinta.
Lo más probable es que ella renunciara a toda esperanza de volver a sentirse viva, completa,
de volver a sentir, de tal forma que al volverlo a ver se arrojara a sus brazos suplicando.
Y él, al ver lo que perdió, rectificara y jurase amor eterno. No en pretérito perfecto, si no
en condicional.
A cambio de tanto.
Un contrato que no se firma sin un poco de locura, de la que a ella le sobraba.
Supongo firmaría con sangre un amor de esos de cuentos de hadas que duran semanas,
que nadie regala. Y todo para completar el círculo hasta que lo rompiera el orgullo de alguno
en el punto de no retorno. Ese en el que no vuelven.
Ni a verse,
ni a hablarse,
ni a mostrarse.
Sinceramente, creo que lo mejor que podría pasar, de nuevo en condicional, es que ella se
despidiera, con un "hasta otra", (primavera, vida u ocasión) y él con un "ya verás", escrito con
tinta, en el corazón.
No la razón, si no la memoria de aquella otra historia que guardaba
en el cajón.
Perdió el corazón de quien se lo entregó, que lo pidió de vuelta, sólo por si la amante se
demoraba en la búsqueda de un pitillo furtivo que echar sobre el colchón y lo encontraba.
Ella no quería que sucediese, así no.
De modo que robó el corazón regalado, pensando que estaría mejor en otras manos.
En cualquier sitio antes que en la habitación en que habitó.
Si algo se le puede reprochar, es tardar tanto en recuperar lo prestado.
Sin embargo, este ya no le cabía en el pecho,
en el lugar en que un día reposó se extendía ahora un nuevo brote,
por eso vagó por las calles cargando con su peso.
Él regresó para recuperar el trofeo que le pertenecía por derecho, mas no por justicia, y menos,
por amor.
La verdad es que después no sé lo que pasó, me gustaría pensar que ella se negó. Que se lo
entregó a un pecho lo suficientemente grande para albergar dos, o que lo tiró a la basura y
esperó hasta que el brote creció, y él se dio cuenta de que por mucho que guardase en el
cajón, nada podría ocupar el hueco que deja un corazón.
Aunque si he de ser sincero, supongo que la realidad fue bien distinta.
Lo más probable es que ella renunciara a toda esperanza de volver a sentirse viva, completa,
de volver a sentir, de tal forma que al volverlo a ver se arrojara a sus brazos suplicando.
Y él, al ver lo que perdió, rectificara y jurase amor eterno. No en pretérito perfecto, si no
en condicional.
A cambio de tanto.
Un contrato que no se firma sin un poco de locura, de la que a ella le sobraba.
Supongo firmaría con sangre un amor de esos de cuentos de hadas que duran semanas,
que nadie regala. Y todo para completar el círculo hasta que lo rompiera el orgullo de alguno
en el punto de no retorno. Ese en el que no vuelven.
Ni a verse,
ni a hablarse,
ni a mostrarse.
Sinceramente, creo que lo mejor que podría pasar, de nuevo en condicional, es que ella se
despidiera, con un "hasta otra", (primavera, vida u ocasión) y él con un "ya verás", escrito con
tinta, en el corazón.
viernes, 1 de enero de 2016
Los pétalos
Los pétalos de las flores hablaron, pero él dijo "te quiero", y ella sonrió.
Cupido sólo lanzó una flecha... pero él dijo "te quiero", y ella le besó.
Dijeron que todo estaba en su cabeza... pero él dijo "te quiero", y ella contestó.
Al final, los pájaros no cantaron, los hechos sí.
En su despedida, él dijo "te quiero".
Ésta vez, ella no.
Ella no supo si él mismo se creía.
Ella no quiso ver la realidad.
Ella no supo si siempre fue un juego que perdió al participar.
Lo que sí que supo en ese momento, es que nunca fue verdad.
Hoy sigue pensando que debió hacerle caso a aquel campo de margaritas, que el sentimiento y
los momentos vividos no compensan llevar un agujero negro creciendo en el pecho.
Pero cómo escuchar cuando los latidos se elevan por encima del ruido. Cómo.
Hay palabras que solo tienen sonido si te fijas en los labios de quien las pronuncia.
Hay hechos que parten bocas.
"Cada vez que veo a alguien deshojar margaritas, me pregunto quién fue el idiota que decidió
convertir un campo de flores en uno de minas."
Irene X.
Cupido sólo lanzó una flecha... pero él dijo "te quiero", y ella le besó.
Dijeron que todo estaba en su cabeza... pero él dijo "te quiero", y ella contestó.
Al final, los pájaros no cantaron, los hechos sí.
En su despedida, él dijo "te quiero".
Ésta vez, ella no.
Ella no supo si él mismo se creía.
Ella no quiso ver la realidad.
Ella no supo si siempre fue un juego que perdió al participar.
Lo que sí que supo en ese momento, es que nunca fue verdad.
Hoy sigue pensando que debió hacerle caso a aquel campo de margaritas, que el sentimiento y
los momentos vividos no compensan llevar un agujero negro creciendo en el pecho.
Pero cómo escuchar cuando los latidos se elevan por encima del ruido. Cómo.
Hay palabras que solo tienen sonido si te fijas en los labios de quien las pronuncia.
Hay hechos que parten bocas.
"Cada vez que veo a alguien deshojar margaritas, me pregunto quién fue el idiota que decidió
convertir un campo de flores en uno de minas."
Irene X.
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