Que el amor tenia eso de rendirse ante el otro, de abrir el pecho y entregar la daga.
Después llegó ella y me miró, y se regodeó en su victoria cuando sonreí.
Y cuando la cosa se puso seria se picó.
Pueril e inocente criatura,
guardaran bajo llave la ternura
que desprendía aquella primavera.
La muy hija de puta me escaldaba con su daga como si no hubiese mañana.
Y yo, fiel enamorado del amor, recibía la daga en pleno esternón...
Ay "how little did I know".
La amo como Becquer y Neruda no supieron querer.
La amo como quiero amarla, sufriéndola. No por, sino a pesar de.
Y a pesar de ello también por, porque tremenda pieza que encontró ella también. Que aquí el victimismo para quien alegrías no encuentre, que yo ya me pierdo bastante enredado en su desastre.
Más de una vez he dicho que ella es mi patio de recreo, el bocata de nocilla y las tostaricas, pero lo cierto es que otorgo cuando callo. Porque también es la irritante campana, ese pitido agudo que no cesa cuando debería, ese símbolo de libertad que anhelas y cuya llegada celebras.
Esa es. Es la vulgaridad más fina y elegante, un croissante bien pronunciado relleno de sobrasada.
Esa es. Es la vulgaridad más fina y elegante, un croissante bien pronunciado relleno de sobrasada.
Es la maravilla.
Y qué maravilla que hayamos aguantado lo que hemos tenido que soportar.
Porque vaya par de patas para un banco sobre una cuerda colgada con nuestras vergüenzas, que no han sido pocas:
La habitación de rojo, la pizza fría, la pata de jamón, la pistola, nuestro ego, los rojos en la habitación, las coronas por el suelo y tanta aristocracia que dejaste sin pan.
Yo contigo no puedo, pero con tu pena menos.
La habitación de rojo, la pizza fría, la pata de jamón, la pistola, nuestro ego, los rojos en la habitación, las coronas por el suelo y tanta aristocracia que dejaste sin pan.
Yo contigo no puedo, pero con tu pena menos.