lunes, 5 de agosto de 2019

Corazón de Colibrí (Parte I)

Ella creía. 
En general. 
En cosas.
Creía. 
En pasado.
 Porque depositó su fe y su futuro en el género humano. No en ideas irrefutables, si no en caballeros de brillante armadura. 
 ‎En príncipes de intenciones bondadosas y en algo cuyo funcionamiento no acababa de comprender a pesar de la fascinación que le causaba. 
 ‎Algo que se parecía bastante a la idea que tenía de felicidad.
 ‎Algo que no entendía de nombres pero que nombre tenía, algo que simplemente se sentía.

Conforme fueron pasando las experiencias, los años y la nobleza... las intenciones de unos se fueron tornando dudosas y las armaduras fueron perdiendo lustre. 
Poco a poco una voz se fue asentando en su cabeza.
Una voz que le decía que tal vez la belleza que antes la deslumbraba nunca hubiese existido. 
Que su vida siempre había estado distorsionada. 
Que nadie era quien creía ser. 
Que quizá llevar corona no le daba derecho a nadie a besar a una mujer dormida. 
Que no era noble quien sólo reconoce la valía del otro género cuando llega la oportunidad de clavarla (la rodilla), ni el que se enamora de la más bella del baile y mueve cielo y tierra hasta que la tiene en su mano y se ve capaz de cerrar el puño.

Conoció el aliento y las verdaderas formas de más de uno que se autoproclamaba  caballero (del reino de la farsa), y fue herida y humillada por algún otro susodicho matador de dragones que lo único que había matado fue un puñado de ilusiones.

Llegó a la conclusión de que no es que se hubiesen acabado los príncipes con que antaño soñaba. 
Sino que nunca habían existido.
Rompió su mundo y volvió a nacer.
Lo hizo a base de desengaños, de desmontar yelmos y armaduras para comprobar que no es acero todo lo que reluce y que hasta a la mierda se le puede sacar lustre.
Encontrando debajo de las mismas huecos del tamaño de las enormes promesas que sus dueños proferían. 
Aire. 


Golpe a golpe, yelmo a yelmo, dejó de visitar la ciudad para refugiarse en el bosque.
Y se abandonó a la voz que antaño le había advertido que aquello no era real. Pues no encontraría entre el follaje peores bestias de las que ya había conocido.  

-Que vengan aquí que hay luz si son lo que dicen ser. 
-Y aunque no supo de quien eran en realidad estas palabras, tuvo la certeza por primera vez después de mucho tiempo de que era lo que quería hacer.

De esta forma, en su refugio, fue brisa, fue vida, fue feliz. 
Entró en la deliciosa rutina de romper cada día un estigma, una lanza en favor de ella misma. 
Recorrió los caminos que trazó. 
Recogió los frutos que sembró. 
Necesitó únicamente de sí. 
Entabló conversación con sus luces y sus sombras y le puso nombre a todas y cada una de ellas.
Sus luces le iluminaban en las noches de insomnio para que leyera y sus sombras le abrigaban en aquellas en las que los témpanos se formaban.
La vida, por fin, se fue abriendo como un abanico de infinitas posibilidades.

Y así fue tejiéndose el tapiz de su vida, con muchos cambios de color y pocos altercados, hasta una o dos quincenas después del solsticio de verano.  Cuando los hilos de otro tapiz se cruzaron imponiendo como consecuencia un cambio radical en la ilustración, que aquella mañana al alba habría sido imposible de imaginar.

Cercana la media mañana de cielo salpicado por nubes que anunciaban calma, nuestra protagonista captó un nuevo sonido que desde la linde del bosque vaticinaba lo contrario. 
En primera instancia no le dio mucha importancia, los animales del bosque solían acercarse a los prominentes olores que despedía puntualmente la chimenea, y aún más frecuentemente en aquella época del año.
Sin embargo, pasaban las horas y el ruido no cesaba.

Tras lavar los platos, limpiar el baño, deshollinar la chimenea, sacar lustre a la vajilla, hacer la colada, sacudir las alfombras y barrer la casa intentando huir con escaso éxito de la llamada del zumbido, optó finalmente por simple curiosidad, (por no perder la cabeza en realidad) salir del lugar al que llamaba hogar.
De esta forma pudo comprobar, que desprovista de los muros que antes la rodeaban, el zumbido ya no era molesto, tampoco melodioso, sino meramente... sonoro. 

Pasados unos minutos de atención ininterrumpida y aún dubitativa entre si refugiarse de nuevo en su cabaña o asomarse a la primera línea de quebrantos, tomó casi por inercia el sendero hacia la linde del bosque. 
Al poco de adentrarse en él, entre árboles de distintos linajes comenzó a definirse ante sus ojos una silueta que no era precisamente arbórea, ni herbácea.
Una que pocos habían visto.
En un primer momento la silueta parecía erguirse como una sombra furtiva contra el horizonte. 
No habría sabido distinguir si era animal o humano. Y sin embargo ya en una primera instancia habría jurado que era un animal, y que era un humano al mismo tiempo.

No sin razón, pues al acercarse algo más concluyó que no era animal ni persona, y sin embargo era animal y también persona.
Lo que más le llamó la atención no fue el aspecto de la criatura (que no estaba exenta de rareza), sino el sonido que producía al batir las alas.
Porque debían ser alas aquellos borrones que la silueta llevaba en lo que supuso que era su espalda, aunque era imposible distinguirlas a simple vista. 

La realidad es que estas alas, a pesar de ser indistinguibles en pleno movimiento, ni si quiera eran transparentes. Mas las batía unas 35 veces por segundo en verano y 55 en invierno. Y aunque por aquellas fechas el ambiente continuaba siendo primaveral, seguía siendo imposible asegurarse de que eso que vibraba en su espalda era el batir de unas alas. 

El sonido que producían se asemejaba al de un redoble de tambor cuya piel hubiese sido forrada con terciopelo. 
O cuyas baquetas estuviesen recubiertas de plumas. Quizá ambas.
Al principio no parecía más que un ruido. 
Cíclico y monótono. 
Pero al centrar sus sentidos en el fenómeno, llegó a percibir tonalidades y variaciones hasta tal punto que pensó que estaba escuchando por primera vez en su corta existencia una música sin ritmo. 
La banda sonora de su vida, concluyó con sorna.
Y quizá no estuviera muy equivocada.


La tentación de saciar su curiosidad fue más fuerte que el instinto y se acercó despacio a aquel ser que concentrado en lo que parecía la acumulación de leña, quien no se percató de su existencia hasta pasados unos segundos. 
Segundos que ella dedicó a estudiarlo como hizo los minutos siguientes en los que el ser fingió no verla. 
Sin embargo, aquel estudio superficial no sació su curiosidad.
La alentó.
Se preguntaba si estaría hecho de lo mismo que ella. Cómo se las arreglaba para armar tal estruendo. Y cómo cojines emplumados había salido del bosque y llegado a su claro.
Pensó que jugaba en casa, se sentía segura, así que llamó su atención con un bramido semejante al que solía utilizar para espantar a los roedores...

Aquello apenas se inmutó... roedor no era, eso seguro. Digo apenas porque algo sí que cambió en su rostro, y pareció mostrar no sorpresa sino... ¿indignación? Si es que tal expresión podía ser producida por unos rasgos que a pesar de su humanidad, no eran humanos. 
Orientó su cuerpo hacia la chica del claro, y con él su rostro, del que llamaba la atención lo que parecía ser un pico y una boca, una especie de labios duros, oscuros y relucientes.
Nunca había visto criatura semejante en el bosque del que venía, y al contemplarla de frente por primera vez la percibió como un misterio ya resuelto cuya solución simplemente aún no conocía. El misterio tenía color, uno que no tiene nombre, aún. 

Comenzó interrogándolo sin mucha esperanza de ser entendida.
Pero obtuvo una respuesta que a su parecer se encontraba a la altura de la pregunta.
Sus labios se separaron y de ellos surgió una voz a su medida. Emplumada.
A qué eres, se contestó -yo soy yo. Y si soy algo más o algo menos no depende de mí. 

 Aquello también quiso saber, así que compartieron. No sus pasados, no sus futuros, sino sus presentes. 
 ‎Se centraron en lo que más les importaba. 
 ‎En los árboles que les rodeaban, en las armaduras de los hombres y en por qué las llevaban, en hacia dónde soplaba el viento, en la soledad que a distancia compartían y en cómo las alas y la capacidad de volar no eran sinónimo de libertad. Cómo podía estar arrastrándose por el suelo mientras atravesaba una nube y viceversa.
 ‎Las preguntas sucedieron a respuestas que precedieron a más cuestiones que sucedieron a más interrogantes salidos de dos mentes que ansiaban el tipo de información que durante tanto tiempo les faltó.
 ‎Tenían en común 1001 ideas que intercedían en sus vidas de 1001 formas diferentes.
Uno volaba y la otra andaba, pero la cuestión era el compás. Lo que querían saber era por qué ese paso o ese aleteo, qué motivaba el movimiento, si querían llegar a algún sitio o si preferían vagar.

La luna empezó a hacerse notar y las extremidades a resentirse. Pero necesitaban más, tenían ansia por conocer lo que se erguía ante sus ojos. 

Ella lo invitó a continuar en su obra. Él declinó la oferta, el sol se había puesto sin que completara su nido, y parte del trabajo que debió ser diurno pasaría ahora a ocupar horas de sueño. 

De esta forma llegó el mañana, y el pasado, y esta vez, él la encontró a ella.
Dormitaba en su cabaña a hora temprana, cuando la despertó la arritmia.
Acudió a la puerta y lo invitó a entrar, de lo cual se arrepintió al instante, el pobre ser sería ágil en el aire (supuso), mas apenas pasar el marco de la puerta demostró que no controlaba en tierra el espacio que sus alas ocupaban. Tras salvar un salero de un derrame inminente y unos libros de caer a una chimenea si bien apagada llena de cenizas, sacó al aterciopelado de su hogar arrojándolo fuera como pudo. Este que no comprendió muy bien por qué tal estruendo, se dejó hacer algo inquieto por los nuevos modos que salían a la luz-

Dado que la simple presencia del pájaro provocaba tal embrollo se dedicaron a vagar por los diferentes claros del bosque, donde el espacio favorecía el movimiento conjunto.

Esta vez la cosa estaba orquestada, la falta de propósito de su primer encuentro se encontraba ahora suplida por las escondidas intenciones que llevaban tatuadas en las pupilas. Quizá por eso al vagar, no se miraban a los ojos. Conversaron desde las tablas que dejaron en la partida anterior. 
Se acercaban a lo que de verdad les movía, como adolescentes inquietos descubrían al fin (una conversación puede dar pie a la eternidad) el motor primario de la mente del oponente. 

Mientras una zigzagueba hacia el pecho de uno el otro serpenteaba hacia las pesadas cadenas que atan al suelo a los mortales como ella.
La cierto es que esta vez lo jugaron fatal, me gustaría narrar cómo ambos se fueron desvistiendo el uno al otro lenta y metafóricamente, pero fue demasiado fácil. Estaban desnudos antes de empezar. Habían abierto el pecho y entregado la daga y se dejaban hurgar por la curiosidad cartesiana de cada cual. 
Resultó que el corazón de él no era si no un músculo, que no entendía que eran un baile o clavar la rodilla, que no sabía para que servían las placas metálicas que ella describía y que no sintió jamas esa opresión en garganta estómago y corazón. 
Ella por su parte se sintió desconcertada. Alas, no sabía cómo funcionaban, qué se sentía al volar ni por qué esa tendencia a aferrarse a la tierra y no a colgar del cielo más allá de lo obvio.
Entonces, ambos empezaron a forjar sus metas bajo ala y brazo, ambos partían de la misma motivación. 
La necesidad de ser entendidos.

(Llevo bastante tiempo trabajando esta historia que pasa de borrador pero sigue sin estar ultimada, tengo más material que supongo publicaré en un futuro lejano o no.
Si alguien tiene curio que me de feedback que siempre motiva a continuar con los proyectos. Incluso os puedo pasar lo que tengo y quizá haceros participes del proceso creativo, aunque sean pinceladas)