lunes, 30 de marzo de 2026

Heliantus

No hubo filo que abriera la carne, solo el verbo incandescente penetrando una y otra vez.


La primera en el pulmón, abrasando mi garganta, traicionando mis sentidos. Quedó muda la palabra de forzarla contra un no. No fui, no es, no hay. Y no fue, y no era, pero haber había. No volví a hablar.


La segunda y la tercera fueron a los ojos, primero el diestro, solo hizo falta un nombre para crear una imagen, y aunque ya no veía, la imagen trajo paz. El zurdo nunca supo qué pasó, la imaginación me traicionó y sigue luchando con las sombras.


Pero el núcleo seguía intacto cuando por mi mano llegó la peor. La atravesé del cuello a la cadera. Creando una gran grieta en su centro, impulsado por algo que no necesitaba, para alcanzar algo que no quería. 


La obvié. 

No quemé los barcos, regresé a Ítaca con bandera blanca, humillada la testa, el mar detrás, alante el terreno que quemé desde otra tierra con una boca que vomitó fuego.

Me ayudó mi cuerpo y la benevolencia de quien no cerró sus puertas. Le puse vallas al campo y a los mares murallas, usé la ceniza y aré la tierra. No volví a pisar la playa.

Aprendí a comunicarme con ella.

Desde sus precipicios le susurraba: donde acabes tú acabo yo.

Levantamos un hogar en lo mas profundo de sus valles.


Allí recuperé un ojo.

Allí recuperé la palabra.

Allí me encontró la cuarta.


Volví a recorrer sus campos de girasoles, jugué en sus bosques, me bañé en sus lagos. El tiempo lo curó casi todo.


Pero al poco llegaron las tormentas, Me pidió que volviera al valle mientras ella peleaba. Yo, cuando podía y me dejaba, salía y la ayudaba, pero no me permitía pisar sus bosques de ríos desbordados, no me dejaba arar la tierra inundada.


La cuarta buscó el pulso y lo encontró durante una tormenta que parecía no tener final, por unos momentos salió el sol. Y durante unos segundos vio el barco que rondaba sus costas, y deseó que atracase en esa tierra cuyos campos yo ya no pisaba. Cuando volvió la tormenta y se fue aquel barco, desperté. Encontré murallas que yo no había levantado, y cuando le pregunté, viendo venir la daga, le dije donde clavar para no hacer daño. 

La paré de pecho con orgullo y me estremecí cuando lavó la herida, pero cuando sacaba el hierro, sin querer retorció el verbo, y la palabra crujió dentro.

No me dejó ver la intención, ocultó sus rostros bajo las sábanas que desgarró para vendarme.

Hizo un apaño como pudo, me dio aguja e hilo y me dijo: esto no lo coso. 

La juzgué sin razón y pedí perdón.

Pero las suturas no cosieron nada, porque el roto no era nuevo.


Le pregunté a la tierra al verme otra vez desfigurado, y la tierra me dijo q me quedara en el valle, que muy poco había cambiado.  Pero en el valle no sopla su brisa, desde el valle no acaricio su superficie, a su sombra no veo la luz que baña sus girasoles en los escasos momentos en que el sol sale.

Ahora, aunque su brisa sea viento, su superficie esté helada, y sus girasoles en sombra, decidimos salir de nuevo, fríos, calados, pero esperando que, al acercarnos, el calor que conservamos sea suficiente para calentar una casa en el fondo de un valle.