Búscame, cuando aprendas a querer,
cuando quieras entender
y encuentres primavera en el saber.
Cuando através de la rendija logres ver
todo aquello que una vez quisimos ser
Y si me encuentras antes de tiempo
desházme el nudo, que aún me queda por tragar.
Ayúdame a buscar una venda que no me pueda quitar.
O mejor me pones dos monedas en los ojos por si he de comerciar,
ponlas de tal forma que no los pueda cerrar,
no me puedo permitir soñar.
Y la mordaza,
la mordaza te la guardas, que aún
me queda por gritar.
Cuando cumpla mi condena,
más filo que curva te voy a sentir,
No es que vaya a dejarte ir
es que ya estarás tan lejos que no sabré ni fingir
y te voy a mentir,
una por cada promesa que no pude cumplir.
Decidí vivir
y encontré dulce muerte
Ahora elijo muerte, porque
no volver a verte,
también es morir.
martes, 17 de septiembre de 2019
jueves, 12 de septiembre de 2019
Mendigos de amor (Ofú II)
Hay veces, como ahora, que escribo en la plantilla de blogger. Es decir, abro nueva entrada, escribo y publico, a veces hago algún cambio, pero es todo de una sentada.
Hoy lo hago porque tengo un recuerdo y una reflexión que plasmar.
El recuerdo me viene de vez en cuando a la mente. Es de hace ya bastante... unos 15 o 16 años.
(Acabo de terminar la entrada y estoy revisando, al final son varios recuerdos, el que mencionaba aquí es el único que tenía en mente, el del pupitre)
Es una de esas cosas que sabes que han tenido un peso significativo en tu vida o que reflejan alguna conducta que cargas.
Pre-escolar, no sé que año pero este recuerdo lo tengo vívido porque fue la primera y única vez que mi encantadora profesora se enfadó conmigo. Estaba hablando a toda la clase mientras estábamos sentados delante suya con las piernas cruzadas. Pero yo antes de escuchar lo que tuviera que decir necesitaba comentar el capítulo de bandolero que acababa de ver con mi mejor amigo. Obviamente era una imperiosa necesidad. Así que comencé a contarle mientras la profesora explicaba. Lo cual provocó que inmediatamente me llamara la atención de la siguiente manera:
Juan Carlos, si necesitamos decir algo levantamos la mano y lo decimos.
A lo cual asentí, espere un segundo, y cuando retomó la charla la profesora, yo muy educadamente y como se me había dicho, levante la mano y continué hablando con mi amigo.
No puedo sino reír cada vez que recuerdo el semblante de la profesora, pensó que le estaba vacilando... yo, con lo cortado e inocente que yo era, a ese ángel de luz que era para mí como mi segunda madre. Se me quedó grabada la reprimenda porque no tenía ni idea de que había hecho mal, pero lo quería saber para no volver a decepcionarla. Creo que no me atreví a preguntar.
Segundo de primaria, hacíamos fichas y coloreábamos dibujos. No sé si era perfeccionista o simplemente lento en aquella época, pero cuando se trataba de dibujar no completaba ni una ficha.
Y cuando no las acababa las metía debajo del pupitre.
Recuerdo que mis compañeros tenían la rejilla del pupitre vacía, mientras la mía estaba a rebosar, llegó un momento que no cabía ni una sola hoja. Y entonces fue cuando sucedió la catástrofe.
Nuestra tutora nos llamaba melones o meloncios o algo así, no tenía mucha paciencia y nos lo soltaba bastante a menudo en tono de enfado y levantando bastante la voz. La señora estaba mayor y meloncio era su forma de insultarnos o decirnos tontos. Ella se desahogaba.
Estando el pupitre lleno y yo atendiendo en clase llegó un momento en el cual todos los papeles volcaron, literalmente, al menos un kilo y pico de papel, pues al no caber más láminas las intentaba forzar en la parte de arriba y aunque entraban cada vez lo hacían a menos profundidad. Lo cual dio paso a que aquello se volviera insostenible literal y metafóricamente y volcase el peso hacia mí, desparramándose decenas de hojas sobre mis piernas y el suelo.
El cabreo de mi tutora fue monumental. No me afectó porque yo jugaba en un vacío legal. Si no se acababan las podías acabar y entregar otro día, pero nunca las pedían. Obviamente ni siquiera las miraban, si no se hubiese dado cuenta que no había entregado ni una en todo el curso. No pensé que hubiese hecho nada malo. Pero mi tutora fue muy concisa en que había que entregarlas. Pero a mí no me las habían pedido. Y yo no las quería entregar. Me gustaban mis dibujos.
Ese día a la salida mi tutora buscó a mi madre y le contó el incidente muy enfadada. A lo que mi madre respondió que pondría medidas y que no sabía que podría haber pasado.
Un par de años más tarde me enseñaba mi padre su cuaderno de recortes de comics antiguos, el cual aun conservo.
Estaba literalmente alucinando. Era un cuaderno de fantasía, con sus batallitas dibujadas y aquellos héroes de otra época que yo jamás había conocido. Revisando cada uno de ellos me llamó la atención el capitán power. Leí su nombre en voz alta, con entusiasmo, e inmediatamente me llovió una señora colleja por parte de mi señor padre. Esta dolió, no se si me dio con el anillo o qué, pero recuerdo que dolió bastante, tal vez por lo inesperado. Empezaron a llenárseme los ojos de lágrimas de rabia. No entendía que había pasado, le pregunté a mi padre y me dijo que no me hiciera el tonto que ya lo sabía. Estaba a punto de llorar, había sido muy gratuito. Debió ver que estaba herido, no físicamente, porque me pidió perdón por darme fuerte. Yo insistí en por qué me había pegado, al borde de las lágrimas, y con el recorte aún entre las manos.
Fue entonces cuando me advirtió que la colleja me vino por decir joder.
Ahí la rabia desapareció y lo que surgió fue una necesidad imperiosa de hacerme entender.
Extendí el recorte a modo de coartada y le comenté lo que había dicho en realidad. Me pidió perdón, me dio un abrazo y me puso un euro en la palma de la mano. Esa colleja no valía un euro, pero el abrazo ayudó, y el perdón se llevó el rencor.
Por último, y antes de la pequeña reflexión, quiero compartir un último recuerdo, este mucho más actual.
Hace un par de meses, haciendo laudes en mi casa, celebración cristiana que hacen mis padres conmigo presente por mutuo acuerdo, hay una parte en la que contamos cosas íntimas sobre como nos ha ido la semana etc, y para resolver una especie de conflicto que acabó en lágrimas entre mi hermana mayor y mi madre, mi padre zanjó el asunto con las siguiente frases.
¿Pero es que no lo veis? Si es que somos todos mendigos de amor.
Y fue como si un gatillo se apretara en mi cabeza. Una verdad tan simple...
Algo que había sabido siempre pero que nunca había encontrado palabras para expresar.
Mendigos de amor.
Que verdad tan simple y maravillosa. Suplicamos en silencio, casi nunca dejamos oír nuestros ruegos y plegarias, pero lo pediríamos a voces si pensásemos que serviría de algo.
Porque es nuestra necesidad básica. Explica tantas cosas esa frase.
Explica mi estupor en prescolar, mi indiferencia en primaria y mis lágrimas de rabia.
Explica mi depresión en la ESO, mis ocho años para superar un amor no correspondido, porqué me dolió tanto dejar la iglesia siendo lo que más quería hacer en el mundo, mi ruptura con mis mejores amigos y mi desubicación actual.
Necesitamos querer y que nos quieran bien para sacar nuestro potencial, o vernos totalmente faltos de amor para desarrollarnos en nuestra máxima. No digo amor romántico, digo amor en todas sus formas.
Y cabe destacar al hilo de los recuerdos, la importancia de entenderse. En la parroquia repetían mucho, tanto que lo convertían en mantra, la escena de dos judíos que se encuentran y el uno llama amigo al otro, a lo que este responde: ¿ sabes que es lo que me hace sufrir? ¿No? ¿Cómo puedes llamarme amigo entonces?
No es para tanto, pero esconde alguna reflexión. Como la de que no se puede amar lo que no se conoce, y no se puede conocer lo que no se ofrece. Aquí me gustaría hablar también de la desnudez literal y metafórica, pero son las tres, se me queda largo y tengo sueño.
Hoy lo hago porque tengo un recuerdo y una reflexión que plasmar.
El recuerdo me viene de vez en cuando a la mente. Es de hace ya bastante... unos 15 o 16 años.
(Acabo de terminar la entrada y estoy revisando, al final son varios recuerdos, el que mencionaba aquí es el único que tenía en mente, el del pupitre)
Es una de esas cosas que sabes que han tenido un peso significativo en tu vida o que reflejan alguna conducta que cargas.
Pre-escolar, no sé que año pero este recuerdo lo tengo vívido porque fue la primera y única vez que mi encantadora profesora se enfadó conmigo. Estaba hablando a toda la clase mientras estábamos sentados delante suya con las piernas cruzadas. Pero yo antes de escuchar lo que tuviera que decir necesitaba comentar el capítulo de bandolero que acababa de ver con mi mejor amigo. Obviamente era una imperiosa necesidad. Así que comencé a contarle mientras la profesora explicaba. Lo cual provocó que inmediatamente me llamara la atención de la siguiente manera:
Juan Carlos, si necesitamos decir algo levantamos la mano y lo decimos.
A lo cual asentí, espere un segundo, y cuando retomó la charla la profesora, yo muy educadamente y como se me había dicho, levante la mano y continué hablando con mi amigo.
No puedo sino reír cada vez que recuerdo el semblante de la profesora, pensó que le estaba vacilando... yo, con lo cortado e inocente que yo era, a ese ángel de luz que era para mí como mi segunda madre. Se me quedó grabada la reprimenda porque no tenía ni idea de que había hecho mal, pero lo quería saber para no volver a decepcionarla. Creo que no me atreví a preguntar.
Segundo de primaria, hacíamos fichas y coloreábamos dibujos. No sé si era perfeccionista o simplemente lento en aquella época, pero cuando se trataba de dibujar no completaba ni una ficha.
Y cuando no las acababa las metía debajo del pupitre.
Recuerdo que mis compañeros tenían la rejilla del pupitre vacía, mientras la mía estaba a rebosar, llegó un momento que no cabía ni una sola hoja. Y entonces fue cuando sucedió la catástrofe.
Nuestra tutora nos llamaba melones o meloncios o algo así, no tenía mucha paciencia y nos lo soltaba bastante a menudo en tono de enfado y levantando bastante la voz. La señora estaba mayor y meloncio era su forma de insultarnos o decirnos tontos. Ella se desahogaba.
Estando el pupitre lleno y yo atendiendo en clase llegó un momento en el cual todos los papeles volcaron, literalmente, al menos un kilo y pico de papel, pues al no caber más láminas las intentaba forzar en la parte de arriba y aunque entraban cada vez lo hacían a menos profundidad. Lo cual dio paso a que aquello se volviera insostenible literal y metafóricamente y volcase el peso hacia mí, desparramándose decenas de hojas sobre mis piernas y el suelo.
El cabreo de mi tutora fue monumental. No me afectó porque yo jugaba en un vacío legal. Si no se acababan las podías acabar y entregar otro día, pero nunca las pedían. Obviamente ni siquiera las miraban, si no se hubiese dado cuenta que no había entregado ni una en todo el curso. No pensé que hubiese hecho nada malo. Pero mi tutora fue muy concisa en que había que entregarlas. Pero a mí no me las habían pedido. Y yo no las quería entregar. Me gustaban mis dibujos.
Ese día a la salida mi tutora buscó a mi madre y le contó el incidente muy enfadada. A lo que mi madre respondió que pondría medidas y que no sabía que podría haber pasado.
Un par de años más tarde me enseñaba mi padre su cuaderno de recortes de comics antiguos, el cual aun conservo.
Estaba literalmente alucinando. Era un cuaderno de fantasía, con sus batallitas dibujadas y aquellos héroes de otra época que yo jamás había conocido. Revisando cada uno de ellos me llamó la atención el capitán power. Leí su nombre en voz alta, con entusiasmo, e inmediatamente me llovió una señora colleja por parte de mi señor padre. Esta dolió, no se si me dio con el anillo o qué, pero recuerdo que dolió bastante, tal vez por lo inesperado. Empezaron a llenárseme los ojos de lágrimas de rabia. No entendía que había pasado, le pregunté a mi padre y me dijo que no me hiciera el tonto que ya lo sabía. Estaba a punto de llorar, había sido muy gratuito. Debió ver que estaba herido, no físicamente, porque me pidió perdón por darme fuerte. Yo insistí en por qué me había pegado, al borde de las lágrimas, y con el recorte aún entre las manos.
Fue entonces cuando me advirtió que la colleja me vino por decir joder.
Ahí la rabia desapareció y lo que surgió fue una necesidad imperiosa de hacerme entender.
Extendí el recorte a modo de coartada y le comenté lo que había dicho en realidad. Me pidió perdón, me dio un abrazo y me puso un euro en la palma de la mano. Esa colleja no valía un euro, pero el abrazo ayudó, y el perdón se llevó el rencor.
Por último, y antes de la pequeña reflexión, quiero compartir un último recuerdo, este mucho más actual.
Hace un par de meses, haciendo laudes en mi casa, celebración cristiana que hacen mis padres conmigo presente por mutuo acuerdo, hay una parte en la que contamos cosas íntimas sobre como nos ha ido la semana etc, y para resolver una especie de conflicto que acabó en lágrimas entre mi hermana mayor y mi madre, mi padre zanjó el asunto con las siguiente frases.
¿Pero es que no lo veis? Si es que somos todos mendigos de amor.
Y fue como si un gatillo se apretara en mi cabeza. Una verdad tan simple...
Algo que había sabido siempre pero que nunca había encontrado palabras para expresar.
Mendigos de amor.
Que verdad tan simple y maravillosa. Suplicamos en silencio, casi nunca dejamos oír nuestros ruegos y plegarias, pero lo pediríamos a voces si pensásemos que serviría de algo.
Porque es nuestra necesidad básica. Explica tantas cosas esa frase.
Explica mi estupor en prescolar, mi indiferencia en primaria y mis lágrimas de rabia.
Explica mi depresión en la ESO, mis ocho años para superar un amor no correspondido, porqué me dolió tanto dejar la iglesia siendo lo que más quería hacer en el mundo, mi ruptura con mis mejores amigos y mi desubicación actual.
Necesitamos querer y que nos quieran bien para sacar nuestro potencial, o vernos totalmente faltos de amor para desarrollarnos en nuestra máxima. No digo amor romántico, digo amor en todas sus formas.
Y cabe destacar al hilo de los recuerdos, la importancia de entenderse. En la parroquia repetían mucho, tanto que lo convertían en mantra, la escena de dos judíos que se encuentran y el uno llama amigo al otro, a lo que este responde: ¿ sabes que es lo que me hace sufrir? ¿No? ¿Cómo puedes llamarme amigo entonces?
No es para tanto, pero esconde alguna reflexión. Como la de que no se puede amar lo que no se conoce, y no se puede conocer lo que no se ofrece. Aquí me gustaría hablar también de la desnudez literal y metafórica, pero son las tres, se me queda largo y tengo sueño.
lunes, 5 de agosto de 2019
Corazón de Colibrí (Parte I)
Ella creía.
En general.
En cosas.
Creía.
En pasado.
Porque depositó su fe y su futuro en el género humano. No en ideas irrefutables, si no en caballeros de brillante armadura.
En príncipes de intenciones bondadosas y en algo cuyo funcionamiento no acababa de comprender a pesar de la fascinación que le causaba.
Algo que se parecía bastante a la idea que tenía de felicidad.
Algo que no entendía de nombres pero que nombre tenía, algo que simplemente se sentía.
Conforme fueron pasando las experiencias, los años y la nobleza... las intenciones de unos se fueron tornando dudosas y las armaduras fueron perdiendo lustre.
Poco a poco una voz se fue asentando en su cabeza.
Una voz que le decía que tal vez la belleza que antes la deslumbraba nunca hubiese existido.
Que su vida siempre había estado distorsionada.
Que nadie era quien creía ser.
Que quizá llevar corona no le daba derecho a nadie a besar a una mujer dormida.
Que no era noble quien sólo reconoce la valía del otro género cuando llega la oportunidad de clavarla (la rodilla), ni el que se enamora de la más bella del baile y mueve cielo y tierra hasta que la tiene en su mano y se ve capaz de cerrar el puño.
Conoció el aliento y las verdaderas formas de más de uno que se autoproclamaba caballero (del reino de la farsa), y fue herida y humillada por algún otro susodicho matador de dragones que lo único que había matado fue un puñado de ilusiones.
Llegó a la conclusión de que no es que se hubiesen acabado los príncipes con que antaño soñaba.
Sino que nunca habían existido.
Rompió su mundo y volvió a nacer.
Lo hizo a base de desengaños, de desmontar yelmos y armaduras para comprobar que no es acero todo lo que reluce y que hasta a la mierda se le puede sacar lustre.
Encontrando debajo de las mismas huecos del tamaño de las enormes promesas que sus dueños proferían.
Aire.
Golpe a golpe, yelmo a yelmo, dejó de visitar la ciudad para refugiarse en el bosque.
Y se abandonó a la voz que antaño le había advertido que aquello no era real. Pues no encontraría entre el follaje peores bestias de las que ya había conocido.
-Que vengan aquí que hay luz si son lo que dicen ser.
-Y aunque no supo de quien eran en realidad estas palabras, tuvo la certeza por primera vez después de mucho tiempo de que era lo que quería hacer.
De esta forma, en su refugio, fue brisa, fue vida, fue feliz.
Entró en la deliciosa rutina de romper cada día un estigma, una lanza en favor de ella misma.
Recorrió los caminos que trazó.
Recogió los frutos que sembró.
Necesitó únicamente de sí.
Entabló conversación con sus luces y sus sombras y le puso nombre a todas y cada una de ellas.
Sus luces le iluminaban en las noches de insomnio para que leyera y sus sombras le abrigaban en aquellas en las que los témpanos se formaban.
La vida, por fin, se fue abriendo como un abanico de infinitas posibilidades.
Y así fue tejiéndose el tapiz de su vida, con muchos cambios de color y pocos altercados, hasta una o dos quincenas después del solsticio de verano. Cuando los hilos de otro tapiz se cruzaron imponiendo como consecuencia un cambio radical en la ilustración, que aquella mañana al alba habría sido imposible de imaginar.
Cercana la media mañana de cielo salpicado por nubes que anunciaban calma, nuestra protagonista captó un nuevo sonido que desde la linde del bosque vaticinaba lo contrario.
En primera instancia no le dio mucha importancia, los animales del bosque solían acercarse a los prominentes olores que despedía puntualmente la chimenea, y aún más frecuentemente en aquella época del año.
Sin embargo, pasaban las horas y el ruido no cesaba.
Tras lavar los platos, limpiar el baño, deshollinar la chimenea, sacar lustre a la vajilla, hacer la colada, sacudir las alfombras y barrer la casa intentando huir con escaso éxito de la llamada del zumbido, optó finalmente por simple curiosidad, (por no perder la cabeza en realidad) salir del lugar al que llamaba hogar.
De esta forma pudo comprobar, que desprovista de los muros que antes la rodeaban, el zumbido ya no era molesto, tampoco melodioso, sino meramente... sonoro.
Pasados unos minutos de atención ininterrumpida y aún dubitativa entre si refugiarse de nuevo en su cabaña o asomarse a la primera línea de quebrantos, tomó casi por inercia el sendero hacia la linde del bosque.
Al poco de adentrarse en él, entre árboles de distintos linajes comenzó a definirse ante sus ojos una silueta que no era precisamente arbórea, ni herbácea.
Una que pocos habían visto.
En un primer momento la silueta parecía erguirse como una sombra furtiva contra el horizonte.
No habría sabido distinguir si era animal o humano. Y sin embargo ya en una primera instancia habría jurado que era un animal, y que era un humano al mismo tiempo.
No sin razón, pues al acercarse algo más concluyó que no era animal ni persona, y sin embargo era animal y también persona.
Lo que más le llamó la atención no fue el aspecto de la criatura (que no estaba exenta de rareza), sino el sonido que producía al batir las alas.
Porque debían ser alas aquellos borrones que la silueta llevaba en lo que supuso que era su espalda, aunque era imposible distinguirlas a simple vista.
La realidad es que estas alas, a pesar de ser indistinguibles en pleno movimiento, ni si quiera eran transparentes. Mas las batía unas 35 veces por segundo en verano y 55 en invierno. Y aunque por aquellas fechas el ambiente continuaba siendo primaveral, seguía siendo imposible asegurarse de que eso que vibraba en su espalda era el batir de unas alas.
El sonido que producían se asemejaba al de un redoble de tambor cuya piel hubiese sido forrada con terciopelo.
O cuyas baquetas estuviesen recubiertas de plumas. Quizá ambas.
Al principio no parecía más que un ruido.
Cíclico y monótono.
Pero al centrar sus sentidos en el fenómeno, llegó a percibir tonalidades y variaciones hasta tal punto que pensó que estaba escuchando por primera vez en su corta existencia una música sin ritmo.
La banda sonora de su vida, concluyó con sorna.
Y quizá no estuviera muy equivocada.
La tentación de saciar su curiosidad fue más fuerte que el instinto y se acercó despacio a aquel ser que concentrado en lo que parecía la acumulación de leña, quien no se percató de su existencia hasta pasados unos segundos.
Segundos que ella dedicó a estudiarlo como hizo los minutos siguientes en los que el ser fingió no verla.
Sin embargo, aquel estudio superficial no sació su curiosidad.
La alentó.
Se preguntaba si estaría hecho de lo mismo que ella. Cómo se las arreglaba para armar tal estruendo. Y cómo cojines emplumados había salido del bosque y llegado a su claro.
Pensó que jugaba en casa, se sentía segura, así que llamó su atención con un bramido semejante al que solía utilizar para espantar a los roedores...
Aquello apenas se inmutó... roedor no era, eso seguro. Digo apenas porque algo sí que cambió en su rostro, y pareció mostrar no sorpresa sino... ¿indignación? Si es que tal expresión podía ser producida por unos rasgos que a pesar de su humanidad, no eran humanos.
Orientó su cuerpo hacia la chica del claro, y con él su rostro, del que llamaba la atención lo que parecía ser un pico y una boca, una especie de labios duros, oscuros y relucientes.
Nunca había visto criatura semejante en el bosque del que venía, y al contemplarla de frente por primera vez la percibió como un misterio ya resuelto cuya solución simplemente aún no conocía. El misterio tenía color, uno que no tiene nombre, aún.
Comenzó interrogándolo sin mucha esperanza de ser entendida.
Pero obtuvo una respuesta que a su parecer se encontraba a la altura de la pregunta.
Sus labios se separaron y de ellos surgió una voz a su medida. Emplumada.
A qué eres, se contestó -yo soy yo. Y si soy algo más o algo menos no depende de mí.
Aquello también quiso saber, así que compartieron. No sus pasados, no sus futuros, sino sus presentes.
Se centraron en lo que más les importaba.
En los árboles que les rodeaban, en las armaduras de los hombres y en por qué las llevaban, en hacia dónde soplaba el viento, en la soledad que a distancia compartían y en cómo las alas y la capacidad de volar no eran sinónimo de libertad. Cómo podía estar arrastrándose por el suelo mientras atravesaba una nube y viceversa.
Las preguntas sucedieron a respuestas que precedieron a más cuestiones que sucedieron a más interrogantes salidos de dos mentes que ansiaban el tipo de información que durante tanto tiempo les faltó.
Tenían en común 1001 ideas que intercedían en sus vidas de 1001 formas diferentes.
Uno volaba y la otra andaba, pero la cuestión era el compás. Lo que querían saber era por qué ese paso o ese aleteo, qué motivaba el movimiento, si querían llegar a algún sitio o si preferían vagar.
La luna empezó a hacerse notar y las extremidades a resentirse. Pero necesitaban más, tenían ansia por conocer lo que se erguía ante sus ojos.
Ella lo invitó a continuar en su obra. Él declinó la oferta, el sol se había puesto sin que completara su nido, y parte del trabajo que debió ser diurno pasaría ahora a ocupar horas de sueño.
De esta forma llegó el mañana, y el pasado, y esta vez, él la encontró a ella.
Dormitaba en su cabaña a hora temprana, cuando la despertó la arritmia.
Acudió a la puerta y lo invitó a entrar, de lo cual se arrepintió al instante, el pobre ser sería ágil en el aire (supuso), mas apenas pasar el marco de la puerta demostró que no controlaba en tierra el espacio que sus alas ocupaban. Tras salvar un salero de un derrame inminente y unos libros de caer a una chimenea si bien apagada llena de cenizas, sacó al aterciopelado de su hogar arrojándolo fuera como pudo. Este que no comprendió muy bien por qué tal estruendo, se dejó hacer algo inquieto por los nuevos modos que salían a la luz-
Dado que la simple presencia del pájaro provocaba tal embrollo se dedicaron a vagar por los diferentes claros del bosque, donde el espacio favorecía el movimiento conjunto.
Esta vez la cosa estaba orquestada, la falta de propósito de su primer encuentro se encontraba ahora suplida por las escondidas intenciones que llevaban tatuadas en las pupilas. Quizá por eso al vagar, no se miraban a los ojos. Conversaron desde las tablas que dejaron en la partida anterior.
Se acercaban a lo que de verdad les movía, como adolescentes inquietos descubrían al fin (una conversación puede dar pie a la eternidad) el motor primario de la mente del oponente.
Mientras una zigzagueba hacia el pecho de uno el otro serpenteaba hacia las pesadas cadenas que atan al suelo a los mortales como ella.
La cierto es que esta vez lo jugaron fatal, me gustaría narrar cómo ambos se fueron desvistiendo el uno al otro lenta y metafóricamente, pero fue demasiado fácil. Estaban desnudos antes de empezar. Habían abierto el pecho y entregado la daga y se dejaban hurgar por la curiosidad cartesiana de cada cual.
Resultó que el corazón de él no era si no un músculo, que no entendía que eran un baile o clavar la rodilla, que no sabía para que servían las placas metálicas que ella describía y que no sintió jamas esa opresión en garganta estómago y corazón.
Ella por su parte se sintió desconcertada. Alas, no sabía cómo funcionaban, qué se sentía al volar ni por qué esa tendencia a aferrarse a la tierra y no a colgar del cielo más allá de lo obvio.
Entonces, ambos empezaron a forjar sus metas bajo ala y brazo, ambos partían de la misma motivación.
La necesidad de ser entendidos.
(Llevo bastante tiempo trabajando esta historia que pasa de borrador pero sigue sin estar ultimada, tengo más material que supongo publicaré en un futuro lejano o no.
Si alguien tiene curio que me de feedback que siempre motiva a continuar con los proyectos. Incluso os puedo pasar lo que tengo y quizá haceros participes del proceso creativo, aunque sean pinceladas)
En general.
En cosas.
Creía.
En pasado.
Porque depositó su fe y su futuro en el género humano. No en ideas irrefutables, si no en caballeros de brillante armadura.
En príncipes de intenciones bondadosas y en algo cuyo funcionamiento no acababa de comprender a pesar de la fascinación que le causaba.
Algo que se parecía bastante a la idea que tenía de felicidad.
Algo que no entendía de nombres pero que nombre tenía, algo que simplemente se sentía.
Conforme fueron pasando las experiencias, los años y la nobleza... las intenciones de unos se fueron tornando dudosas y las armaduras fueron perdiendo lustre.
Poco a poco una voz se fue asentando en su cabeza.
Una voz que le decía que tal vez la belleza que antes la deslumbraba nunca hubiese existido.
Que su vida siempre había estado distorsionada.
Que nadie era quien creía ser.
Que quizá llevar corona no le daba derecho a nadie a besar a una mujer dormida.
Que no era noble quien sólo reconoce la valía del otro género cuando llega la oportunidad de clavarla (la rodilla), ni el que se enamora de la más bella del baile y mueve cielo y tierra hasta que la tiene en su mano y se ve capaz de cerrar el puño.
Conoció el aliento y las verdaderas formas de más de uno que se autoproclamaba caballero (del reino de la farsa), y fue herida y humillada por algún otro susodicho matador de dragones que lo único que había matado fue un puñado de ilusiones.
Llegó a la conclusión de que no es que se hubiesen acabado los príncipes con que antaño soñaba.
Sino que nunca habían existido.
Rompió su mundo y volvió a nacer.
Lo hizo a base de desengaños, de desmontar yelmos y armaduras para comprobar que no es acero todo lo que reluce y que hasta a la mierda se le puede sacar lustre.
Encontrando debajo de las mismas huecos del tamaño de las enormes promesas que sus dueños proferían.
Aire.
Golpe a golpe, yelmo a yelmo, dejó de visitar la ciudad para refugiarse en el bosque.
Y se abandonó a la voz que antaño le había advertido que aquello no era real. Pues no encontraría entre el follaje peores bestias de las que ya había conocido.
-Que vengan aquí que hay luz si son lo que dicen ser.
-Y aunque no supo de quien eran en realidad estas palabras, tuvo la certeza por primera vez después de mucho tiempo de que era lo que quería hacer.
De esta forma, en su refugio, fue brisa, fue vida, fue feliz.
Entró en la deliciosa rutina de romper cada día un estigma, una lanza en favor de ella misma.
Recorrió los caminos que trazó.
Recogió los frutos que sembró.
Necesitó únicamente de sí.
Entabló conversación con sus luces y sus sombras y le puso nombre a todas y cada una de ellas.
Sus luces le iluminaban en las noches de insomnio para que leyera y sus sombras le abrigaban en aquellas en las que los témpanos se formaban.
La vida, por fin, se fue abriendo como un abanico de infinitas posibilidades.
Y así fue tejiéndose el tapiz de su vida, con muchos cambios de color y pocos altercados, hasta una o dos quincenas después del solsticio de verano. Cuando los hilos de otro tapiz se cruzaron imponiendo como consecuencia un cambio radical en la ilustración, que aquella mañana al alba habría sido imposible de imaginar.
Cercana la media mañana de cielo salpicado por nubes que anunciaban calma, nuestra protagonista captó un nuevo sonido que desde la linde del bosque vaticinaba lo contrario.
En primera instancia no le dio mucha importancia, los animales del bosque solían acercarse a los prominentes olores que despedía puntualmente la chimenea, y aún más frecuentemente en aquella época del año.
Sin embargo, pasaban las horas y el ruido no cesaba.
Tras lavar los platos, limpiar el baño, deshollinar la chimenea, sacar lustre a la vajilla, hacer la colada, sacudir las alfombras y barrer la casa intentando huir con escaso éxito de la llamada del zumbido, optó finalmente por simple curiosidad, (por no perder la cabeza en realidad) salir del lugar al que llamaba hogar.
De esta forma pudo comprobar, que desprovista de los muros que antes la rodeaban, el zumbido ya no era molesto, tampoco melodioso, sino meramente... sonoro.
Pasados unos minutos de atención ininterrumpida y aún dubitativa entre si refugiarse de nuevo en su cabaña o asomarse a la primera línea de quebrantos, tomó casi por inercia el sendero hacia la linde del bosque.
Al poco de adentrarse en él, entre árboles de distintos linajes comenzó a definirse ante sus ojos una silueta que no era precisamente arbórea, ni herbácea.
Una que pocos habían visto.
En un primer momento la silueta parecía erguirse como una sombra furtiva contra el horizonte.
No habría sabido distinguir si era animal o humano. Y sin embargo ya en una primera instancia habría jurado que era un animal, y que era un humano al mismo tiempo.
No sin razón, pues al acercarse algo más concluyó que no era animal ni persona, y sin embargo era animal y también persona.
Lo que más le llamó la atención no fue el aspecto de la criatura (que no estaba exenta de rareza), sino el sonido que producía al batir las alas.
Porque debían ser alas aquellos borrones que la silueta llevaba en lo que supuso que era su espalda, aunque era imposible distinguirlas a simple vista.
La realidad es que estas alas, a pesar de ser indistinguibles en pleno movimiento, ni si quiera eran transparentes. Mas las batía unas 35 veces por segundo en verano y 55 en invierno. Y aunque por aquellas fechas el ambiente continuaba siendo primaveral, seguía siendo imposible asegurarse de que eso que vibraba en su espalda era el batir de unas alas.
El sonido que producían se asemejaba al de un redoble de tambor cuya piel hubiese sido forrada con terciopelo.
O cuyas baquetas estuviesen recubiertas de plumas. Quizá ambas.
Al principio no parecía más que un ruido.
Cíclico y monótono.
Pero al centrar sus sentidos en el fenómeno, llegó a percibir tonalidades y variaciones hasta tal punto que pensó que estaba escuchando por primera vez en su corta existencia una música sin ritmo.
La banda sonora de su vida, concluyó con sorna.
Y quizá no estuviera muy equivocada.
La tentación de saciar su curiosidad fue más fuerte que el instinto y se acercó despacio a aquel ser que concentrado en lo que parecía la acumulación de leña, quien no se percató de su existencia hasta pasados unos segundos.
Segundos que ella dedicó a estudiarlo como hizo los minutos siguientes en los que el ser fingió no verla.
Sin embargo, aquel estudio superficial no sació su curiosidad.
La alentó.
Se preguntaba si estaría hecho de lo mismo que ella. Cómo se las arreglaba para armar tal estruendo. Y cómo cojines emplumados había salido del bosque y llegado a su claro.
Pensó que jugaba en casa, se sentía segura, así que llamó su atención con un bramido semejante al que solía utilizar para espantar a los roedores...
Aquello apenas se inmutó... roedor no era, eso seguro. Digo apenas porque algo sí que cambió en su rostro, y pareció mostrar no sorpresa sino... ¿indignación? Si es que tal expresión podía ser producida por unos rasgos que a pesar de su humanidad, no eran humanos.
Orientó su cuerpo hacia la chica del claro, y con él su rostro, del que llamaba la atención lo que parecía ser un pico y una boca, una especie de labios duros, oscuros y relucientes.
Nunca había visto criatura semejante en el bosque del que venía, y al contemplarla de frente por primera vez la percibió como un misterio ya resuelto cuya solución simplemente aún no conocía. El misterio tenía color, uno que no tiene nombre, aún.
Comenzó interrogándolo sin mucha esperanza de ser entendida.
Pero obtuvo una respuesta que a su parecer se encontraba a la altura de la pregunta.
Sus labios se separaron y de ellos surgió una voz a su medida. Emplumada.
A qué eres, se contestó -yo soy yo. Y si soy algo más o algo menos no depende de mí.
Aquello también quiso saber, así que compartieron. No sus pasados, no sus futuros, sino sus presentes.
Se centraron en lo que más les importaba.
En los árboles que les rodeaban, en las armaduras de los hombres y en por qué las llevaban, en hacia dónde soplaba el viento, en la soledad que a distancia compartían y en cómo las alas y la capacidad de volar no eran sinónimo de libertad. Cómo podía estar arrastrándose por el suelo mientras atravesaba una nube y viceversa.
Las preguntas sucedieron a respuestas que precedieron a más cuestiones que sucedieron a más interrogantes salidos de dos mentes que ansiaban el tipo de información que durante tanto tiempo les faltó.
Tenían en común 1001 ideas que intercedían en sus vidas de 1001 formas diferentes.
Uno volaba y la otra andaba, pero la cuestión era el compás. Lo que querían saber era por qué ese paso o ese aleteo, qué motivaba el movimiento, si querían llegar a algún sitio o si preferían vagar.
La luna empezó a hacerse notar y las extremidades a resentirse. Pero necesitaban más, tenían ansia por conocer lo que se erguía ante sus ojos.
Ella lo invitó a continuar en su obra. Él declinó la oferta, el sol se había puesto sin que completara su nido, y parte del trabajo que debió ser diurno pasaría ahora a ocupar horas de sueño.
De esta forma llegó el mañana, y el pasado, y esta vez, él la encontró a ella.
Dormitaba en su cabaña a hora temprana, cuando la despertó la arritmia.
Acudió a la puerta y lo invitó a entrar, de lo cual se arrepintió al instante, el pobre ser sería ágil en el aire (supuso), mas apenas pasar el marco de la puerta demostró que no controlaba en tierra el espacio que sus alas ocupaban. Tras salvar un salero de un derrame inminente y unos libros de caer a una chimenea si bien apagada llena de cenizas, sacó al aterciopelado de su hogar arrojándolo fuera como pudo. Este que no comprendió muy bien por qué tal estruendo, se dejó hacer algo inquieto por los nuevos modos que salían a la luz-
Dado que la simple presencia del pájaro provocaba tal embrollo se dedicaron a vagar por los diferentes claros del bosque, donde el espacio favorecía el movimiento conjunto.
Esta vez la cosa estaba orquestada, la falta de propósito de su primer encuentro se encontraba ahora suplida por las escondidas intenciones que llevaban tatuadas en las pupilas. Quizá por eso al vagar, no se miraban a los ojos. Conversaron desde las tablas que dejaron en la partida anterior.
Se acercaban a lo que de verdad les movía, como adolescentes inquietos descubrían al fin (una conversación puede dar pie a la eternidad) el motor primario de la mente del oponente.
Mientras una zigzagueba hacia el pecho de uno el otro serpenteaba hacia las pesadas cadenas que atan al suelo a los mortales como ella.
La cierto es que esta vez lo jugaron fatal, me gustaría narrar cómo ambos se fueron desvistiendo el uno al otro lenta y metafóricamente, pero fue demasiado fácil. Estaban desnudos antes de empezar. Habían abierto el pecho y entregado la daga y se dejaban hurgar por la curiosidad cartesiana de cada cual.
Resultó que el corazón de él no era si no un músculo, que no entendía que eran un baile o clavar la rodilla, que no sabía para que servían las placas metálicas que ella describía y que no sintió jamas esa opresión en garganta estómago y corazón.
Ella por su parte se sintió desconcertada. Alas, no sabía cómo funcionaban, qué se sentía al volar ni por qué esa tendencia a aferrarse a la tierra y no a colgar del cielo más allá de lo obvio.
Entonces, ambos empezaron a forjar sus metas bajo ala y brazo, ambos partían de la misma motivación.
La necesidad de ser entendidos.
(Llevo bastante tiempo trabajando esta historia que pasa de borrador pero sigue sin estar ultimada, tengo más material que supongo publicaré en un futuro lejano o no.
Si alguien tiene curio que me de feedback que siempre motiva a continuar con los proyectos. Incluso os puedo pasar lo que tengo y quizá haceros participes del proceso creativo, aunque sean pinceladas)
lunes, 24 de junio de 2019
jueves, 28 de febrero de 2019
Ofú
Yo me he criado entre tazos, cromos, misas, balonazos, chopitos, achantes, brazos calentitos, moratones, aventuras, videojuegos, mucha calle, mucha maquinita, libros, pelis y más pelis y más libros... siempre me han acompañado Peter Pan, Robin Hood, Buzz light year, Bandolero, el zorro, Simbad, Miguel y Tulio y Jesucristo. A día de hoy lo siguen haciendo, aunque un tanto difuminados por el tiempo y entre muchos otros, pero las bases son las bases.
Cada uno tiene las suyas, cada uno tiene un camino, en el mío se fueron cruzando mis bases con mis experiencias, y algunas de ellas no casaron.
La primera vez que me declaré fue en preescolar, inspirado por tantas películas de caballería, quería que fuese romántico, solo quería expresar mis sentimientos.
Mi mejor amigo me acompañó cual Sancho en esta "primera gesta", le hice esperar a unos pocos metros, me presenté ante ella, le expuse mis sentimientos, recogí el guante que yo mismo había lanzado, (figuradamente, no es que le tirase un guante a la chiquilla...)recogí a mi amigo, y me fui.
Más tarde repetí faenas del estilo, todas lamentables, pero era un crío criado en una familia conservadora y mis bases eran la caballería y el heroísmo, que tienen su lado positivo, pero también hay una parte muy muy oscura.
Me costó apreciar algo más que belleza en una chica, me costó bastante para lo "enamoradizo" que era.
Me empezaban a gustar cuando empezaba a verlas hermosas, si de entrada no la veía guapa no empezaban a gustarme, pero si cogía confianza con ella empezaba a encontrarla hermosa de repente... era muy tonto.
Nunca me fijé en los chicos, entre los 12 y los 14 años comencé a desarrollarme sexualmente. Y en aquella época sí que me lo pregunté, nunca tuve ningún prejuicio hacia la homosexualidad a pesar del rechazo que había en mi casa.
En parte porque no la entendía del todo y me producía algo de curiosidad, el cómo era posible algo parecido si el hombre y la mujer estaban hechos para estar juntos... Huelga decir que fui a un colegio cristiano. La cosa es que quería saber si era gay y empecé a investigar, vi algo de porno y me imaginé con algunos de los chicos que consideraba atractivos, pero no, no encontré nada que mereciese la pena investigar, simplemente no me atraían los chicos, y así sigue siendo a día de hoy.
En mi casa esos temas no se tocaban, me prohibían ver Shin Chan, Los Simpsons, Futurama, Goku... cualquier cosa que fuese muy violenta o tuviera matices sexuales o malsonantes. Si había escenas de fornicio en la película teníamos que cerrar los ojos.
Esto hizo que al alcanzar cierta edad no nos dijeran nada ante estas escenas pero igualmente nos sintieramos muy violentos... Cosa que no me pasaba si la película la veía por mi cuenta, era algo que me fascinaba, la unión de dos personas, que disfrutaran de esa unión y el nivel de intimidad que alcanzaban.
Aún hoy cuando vemos alguna película en familia, si hay alguna escena de sexo mi padre suele hacer bromas o soltar su mítico "qué bonito" porque se le hace tremendamente incómodo ese momento si hay silencio y nos estamos fijando en la pantalla.
En cuarto de primaria mis padres me explicaron cómo funcionaba aquello, una cosa muy normativa y muy "normal". El hombre y la mujer están hechos para esto, papá lo hizo con mamá, etc. A mi la charla me la dio mi padre y a mis hermanas mi madre.
Recuerdo los sermones en la iglesia sobre la masturbación, curas hablando de lo sucio que era aquello a lo que nos sentíamos llamados, y como debíamos resistirnos, esperar hasta el matrimonio, etc. Yo iba a tope con eso, bueno, con las dos cosas, con la masturbación y con la culpabilidad. Cada vez que me quedaba solo en casa me masturbaba, y cada vez que había posibilidad de confesarse en el colegio lo hacía y hablaba de ello, bueno hablar... me daba mucha vergüenza, así que simplemente decía que había cometido actos y pensamientos impuros. En mi parroquia igual.
La cosa es que esto incitó la primera duda y uso de raciocinio sobre la fe en lo que llevaba de vida. Se dio porque un día, al confesar únicamente estos pecados ante un cura en mi colegio, este me dijo que era una cosa de la que no debía preocuparme, que era muy normal a mi edad y no debía sentirme culpable de ello aunque no era bueno dar rienda a las pasiones. Esto, además de producirme un alivio enorme, chocó directamente con el sermón que había escuchado justamente el fin de semana anterior en mi parroquia sobre cómo había que luchar contra las tentaciones del demonio.
Para mí esta fue mi carta de indulto, no volví a sentirme culpable nunca por masturbarme, y cada vez que escuchaba cosas contrarias en mi parroquia, cosas que obviamente no convenían al adolescente "inquieto" que llevaba dentro, me horrorizaba de que nos hiciesen sentir así solo por masturbarnos, ¿que daño le hacíamos a nadie?
Con lo bien que se dormía después de una paja...Qué os voy a contar.
La cosa es que todos los chicos se masturbaban, y solíamos hablar de ello con naturalidad, tanto en la parroquia como en el colegio, sin embargo y curiosamente para mí por aquel entonces, la mayoría de las chicas... oían cualquier cosa relacionada con el sexo y se escandalizaban.
En fin, tras esta experiencia me di cuenta de que había cogido el mensaje que a mí me convenía, y parecerá una tontería, pero por esto abrió la primera microgrieta en la fe que yo tenía. (Aunque más tarde llegaría griestas mucho más serias y profundas, que acabarían por disolverla.) La verdad absoluta, la doctrina de la iglesia... hasta entonces las cosas estaban bien o estaban mal, los matices no existían.
Matar estaba mal, pero, ¿las cruzadas de "El reino de los cielos" que tanto me gustaban?
Robar estaba mal, pero, ¿y si era para dárselo a los pobres?
Amarás a Dios sobre todas las cosas, pero, ¿se puede amar algo que es tres y es uno, que nunca has visto y en lo que crees ciegamente con más intensidad que lo que sientes por esa chica cuyos ojos llevas clavados en la memoria y en el corazón?
Lo malo de las doctrinas para un chaval de 14 años que ama las narrativas ya sea en libros, películas o videojuegos, que ha empatizado con niños nazis, con seres de fantasía, magos, pobres, nobles y burgueses de distintas partes del mundo a través de cientos de personaje... es que no se pueden cuestionar.
No hay matices, y cuando estás harto de darle vueltas a las cosas, de aceptar que hay mil puntos de vista sobre cualquier cuestión y que lo que para mi es blanco para ti puede ser blanco roto, celeste clarito, transparente o negro... que te digan que el blanco es blanco y que no se puede discutir qué color es... pues es un poco jaula.
Abrir la boca, masticar y tragar, procesar sin razonar. La razón es la muerte de la fe. Se puede tener fe y se puede razonar, por supuesto, pero no se puede razonar la fe y seguir sosteniéndola.
Al menos, ese fue mi caso, lo bonito es que no es doctrina, y el tuyo puede ser distinto. Lo difícil es discutirlo.
Me acabo de cansar, si queréis que siga desarrollando mi existencia mándenme un wa, comenten aquí abajo o mándenme un md por tw.
PD: no prometo seguir aun así, pero me está gustando, así que lo mismo me da la picá sin que me digan nada, igualmente, quiero feedback.
Cada uno tiene las suyas, cada uno tiene un camino, en el mío se fueron cruzando mis bases con mis experiencias, y algunas de ellas no casaron.
La primera vez que me declaré fue en preescolar, inspirado por tantas películas de caballería, quería que fuese romántico, solo quería expresar mis sentimientos.
Mi mejor amigo me acompañó cual Sancho en esta "primera gesta", le hice esperar a unos pocos metros, me presenté ante ella, le expuse mis sentimientos, recogí el guante que yo mismo había lanzado, (figuradamente, no es que le tirase un guante a la chiquilla...)recogí a mi amigo, y me fui.
Más tarde repetí faenas del estilo, todas lamentables, pero era un crío criado en una familia conservadora y mis bases eran la caballería y el heroísmo, que tienen su lado positivo, pero también hay una parte muy muy oscura.
Me costó apreciar algo más que belleza en una chica, me costó bastante para lo "enamoradizo" que era.
Me empezaban a gustar cuando empezaba a verlas hermosas, si de entrada no la veía guapa no empezaban a gustarme, pero si cogía confianza con ella empezaba a encontrarla hermosa de repente... era muy tonto.
Nunca me fijé en los chicos, entre los 12 y los 14 años comencé a desarrollarme sexualmente. Y en aquella época sí que me lo pregunté, nunca tuve ningún prejuicio hacia la homosexualidad a pesar del rechazo que había en mi casa.
En parte porque no la entendía del todo y me producía algo de curiosidad, el cómo era posible algo parecido si el hombre y la mujer estaban hechos para estar juntos... Huelga decir que fui a un colegio cristiano. La cosa es que quería saber si era gay y empecé a investigar, vi algo de porno y me imaginé con algunos de los chicos que consideraba atractivos, pero no, no encontré nada que mereciese la pena investigar, simplemente no me atraían los chicos, y así sigue siendo a día de hoy.
En mi casa esos temas no se tocaban, me prohibían ver Shin Chan, Los Simpsons, Futurama, Goku... cualquier cosa que fuese muy violenta o tuviera matices sexuales o malsonantes. Si había escenas de fornicio en la película teníamos que cerrar los ojos.
Esto hizo que al alcanzar cierta edad no nos dijeran nada ante estas escenas pero igualmente nos sintieramos muy violentos... Cosa que no me pasaba si la película la veía por mi cuenta, era algo que me fascinaba, la unión de dos personas, que disfrutaran de esa unión y el nivel de intimidad que alcanzaban.
Aún hoy cuando vemos alguna película en familia, si hay alguna escena de sexo mi padre suele hacer bromas o soltar su mítico "qué bonito" porque se le hace tremendamente incómodo ese momento si hay silencio y nos estamos fijando en la pantalla.
En cuarto de primaria mis padres me explicaron cómo funcionaba aquello, una cosa muy normativa y muy "normal". El hombre y la mujer están hechos para esto, papá lo hizo con mamá, etc. A mi la charla me la dio mi padre y a mis hermanas mi madre.
Recuerdo los sermones en la iglesia sobre la masturbación, curas hablando de lo sucio que era aquello a lo que nos sentíamos llamados, y como debíamos resistirnos, esperar hasta el matrimonio, etc. Yo iba a tope con eso, bueno, con las dos cosas, con la masturbación y con la culpabilidad. Cada vez que me quedaba solo en casa me masturbaba, y cada vez que había posibilidad de confesarse en el colegio lo hacía y hablaba de ello, bueno hablar... me daba mucha vergüenza, así que simplemente decía que había cometido actos y pensamientos impuros. En mi parroquia igual.
La cosa es que esto incitó la primera duda y uso de raciocinio sobre la fe en lo que llevaba de vida. Se dio porque un día, al confesar únicamente estos pecados ante un cura en mi colegio, este me dijo que era una cosa de la que no debía preocuparme, que era muy normal a mi edad y no debía sentirme culpable de ello aunque no era bueno dar rienda a las pasiones. Esto, además de producirme un alivio enorme, chocó directamente con el sermón que había escuchado justamente el fin de semana anterior en mi parroquia sobre cómo había que luchar contra las tentaciones del demonio.
Para mí esta fue mi carta de indulto, no volví a sentirme culpable nunca por masturbarme, y cada vez que escuchaba cosas contrarias en mi parroquia, cosas que obviamente no convenían al adolescente "inquieto" que llevaba dentro, me horrorizaba de que nos hiciesen sentir así solo por masturbarnos, ¿que daño le hacíamos a nadie?
Con lo bien que se dormía después de una paja...Qué os voy a contar.
La cosa es que todos los chicos se masturbaban, y solíamos hablar de ello con naturalidad, tanto en la parroquia como en el colegio, sin embargo y curiosamente para mí por aquel entonces, la mayoría de las chicas... oían cualquier cosa relacionada con el sexo y se escandalizaban.
En fin, tras esta experiencia me di cuenta de que había cogido el mensaje que a mí me convenía, y parecerá una tontería, pero por esto abrió la primera microgrieta en la fe que yo tenía. (Aunque más tarde llegaría griestas mucho más serias y profundas, que acabarían por disolverla.) La verdad absoluta, la doctrina de la iglesia... hasta entonces las cosas estaban bien o estaban mal, los matices no existían.
Matar estaba mal, pero, ¿las cruzadas de "El reino de los cielos" que tanto me gustaban?
Robar estaba mal, pero, ¿y si era para dárselo a los pobres?
Amarás a Dios sobre todas las cosas, pero, ¿se puede amar algo que es tres y es uno, que nunca has visto y en lo que crees ciegamente con más intensidad que lo que sientes por esa chica cuyos ojos llevas clavados en la memoria y en el corazón?
Lo malo de las doctrinas para un chaval de 14 años que ama las narrativas ya sea en libros, películas o videojuegos, que ha empatizado con niños nazis, con seres de fantasía, magos, pobres, nobles y burgueses de distintas partes del mundo a través de cientos de personaje... es que no se pueden cuestionar.
No hay matices, y cuando estás harto de darle vueltas a las cosas, de aceptar que hay mil puntos de vista sobre cualquier cuestión y que lo que para mi es blanco para ti puede ser blanco roto, celeste clarito, transparente o negro... que te digan que el blanco es blanco y que no se puede discutir qué color es... pues es un poco jaula.
Abrir la boca, masticar y tragar, procesar sin razonar. La razón es la muerte de la fe. Se puede tener fe y se puede razonar, por supuesto, pero no se puede razonar la fe y seguir sosteniéndola.
Al menos, ese fue mi caso, lo bonito es que no es doctrina, y el tuyo puede ser distinto. Lo difícil es discutirlo.
Me acabo de cansar, si queréis que siga desarrollando mi existencia mándenme un wa, comenten aquí abajo o mándenme un md por tw.
PD: no prometo seguir aun así, pero me está gustando, así que lo mismo me da la picá sin que me digan nada, igualmente, quiero feedback.
jueves, 17 de enero de 2019
Jardín
Esta etapa pasará.
Mirarás atrás y al verte solo tendrás ganas de abrazarte.
Porque tendrás tanto amor en los brazos que habrás ido recogiendo de las flores que salvaste
que los pétalos inundarán tu pecho regando con colores la tierra que sembraste.
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