Sin la tragedia las cosas habrían sido distintas, no habría habido llanto, ni corazones partidos.
No habría habido nostalgia, ni recuerdos amargos.
Tampoco bonitos, solo intrascendencia.
Simplemente con haberse quedado, el huracán habría sido un día despejado.
Al final solo te ha hecho mal, esto podría haber sido diferente.
Y sí, puede que tenga razón, pero esto lo dice la objetividad, esa que no durmió con el pecho roto, ni se dejó llevar por el vendaval, esa que no vivió la risa, ni entiende cómo y por qué se rompe un corazón.
Que vio a través de la ventana desde el sofá y no entendió el paisaje.
La que no contempla en su balance los buenos recuerdos, que se basa en el último acto de la función, en la bajada del telón, como si en esta estuviera el mensaje de la obra.
La objetividad es muy verdad, pero muy poca vida, muy poca piel.
Hola objetividad, quiero que entiendas que si no estuviera roto estaría buscando romperme, porque cada grieta de antaño hoy es nido y nacimiento, que me crecen bosques y cientos de cascadas surcan mi pecho, que mi intranerso hoy es más rico porque lo cogí y lo expandí, por necesidad, porque elegí vivir.
Objetividad, deja de enmascarar el miedo y recuerda
que allí donde hay o haya habido llanto,
hubo y habrá vida.
Fotografía de Anna O.
