lunes, 30 de marzo de 2026

Heliantus

No hubo filo que abriera la carne, solo el verbo incandescente penetrando una y otra vez.


La primera en el pulmón, abrasando mi garganta, traicionando mis sentidos. Quedó muda la palabra de forzarla contra un no. No fui, no es, no hay. Y no fue, y no era, pero haber había. No volví a hablar.


La segunda y la tercera fueron a los ojos, primero el diestro, solo hizo falta un nombre para crear una imagen, y aunque ya no veía, la imagen trajo paz. El zurdo nunca supo qué pasó, la imaginación me traicionó y sigue luchando con las sombras.


Pero el núcleo seguía intacto cuando por mi mano llegó la peor. La atravesé del cuello a la cadera. Creando una gran grieta en su centro, impulsado por algo que no necesitaba, para alcanzar algo que no quería. 


La obvié. 

No quemé los barcos, regresé a Ítaca con bandera blanca, humillada la testa, el mar detrás, alante el terreno que quemé desde otra tierra con una boca que vomitó fuego.

Me ayudó mi cuerpo y la benevolencia de quien no cerró sus puertas. Le puse vallas al campo y a los mares murallas, usé la ceniza y aré la tierra. No volví a pisar la playa.

Aprendí a comunicarme con ella.

Desde sus precipicios le susurraba: donde acabes tú acabo yo.

Levantamos un hogar en lo mas profundo de sus valles.


Allí recuperé un ojo.

Allí recuperé la palabra.

Allí me encontró la cuarta.


Volví a recorrer sus campos de girasoles, jugué en sus bosques, me bañé en sus lagos. El tiempo lo curó casi todo.


Pero al poco llegaron las tormentas, Me pidió que volviera al valle mientras ella peleaba. Yo, cuando podía y me dejaba, salía y la ayudaba, pero no me permitía pisar sus bosques de ríos desbordados, no me dejaba arar la tierra inundada.


La cuarta buscó el pulso y lo encontró durante una tormenta que parecía no tener final, por unos momentos salió el sol. Y durante unos segundos vio el barco que rondaba sus costas, y deseó que atracase en esa tierra cuyos campos yo ya no pisaba. Cuando volvió la tormenta y se fue aquel barco, desperté. Encontré murallas que yo no había levantado, y cuando le pregunté, viendo venir la daga, le dije donde clavar para no hacer daño. 

La paré de pecho con orgullo y me estremecí cuando lavó la herida, pero cuando sacaba el hierro, sin querer retorció el verbo, y la palabra crujió dentro.

No me dejó ver la intención, ocultó sus rostros bajo las sábanas que desgarró para vendarme.

Hizo un apaño como pudo, me dio aguja e hilo y me dijo: esto no lo coso. 

La juzgué sin razón y pedí perdón.

Pero las suturas no cosieron nada, porque el roto no era nuevo.


Le pregunté a la tierra al verme otra vez desfigurado, y la tierra me dijo q me quedara en el valle, que muy poco había cambiado.  Pero en el valle no sopla su brisa, desde el valle no acaricio su superficie, a su sombra no veo la luz que baña sus girasoles en los escasos momentos en que el sol sale.

Ahora, aunque su brisa sea viento, su superficie esté helada, y sus girasoles en sombra, decidimos salir de nuevo, fríos, calados, pero esperando que, al acercarnos, el calor que conservamos sea suficiente para calentar una casa en el fondo de un valle.


miércoles, 9 de junio de 2021

Sindiós, aunque de barro me cubra

Si la encuentras dale recuerdos de aquellos días en que la vida si bien más compleja era mucho más fácil.

Recordar le hará bien.


Cuando agache la cabeza,
cuando vuelva a mirar el polvo que permea su piel yerma, dale mi corazón de tinta,
deja que inunde sus venas y que al recorrer sus yemas le conceda el don de dejar huella.

Ella entenderá.

Pero recuerda, tú, a quien ha olvidado,
tú, de entre todos los ellos,
recuerda qué fuiste.
Pues no hay mayor castigo que la conciencia,
y sin conciencia no hay recuerdo como sin arrepentimiento no hay perdón.
Si hay justicia la harás entender, su terroso yugo se hará de piedra
y yo esculpiré su forma gestando la verdad marmórea que su peso oculta.
Dame un cincel, dame un cincel para que al desbastar
las esquirlas de su culpa se claven en mi piel y pueda así compartir su carga.
Dame un cincel, dame un cincel para concretar su tormento a golpes
y aligerar su penitencia.
Dame un cincel que perfile la verdad que la sepulta.

Y si acaso no hay justicia,
mi corazón ya no fuese tintero,
o el crudo que albergaba estuviera seco,
que estas letras sean agua
aunque de barro me cubra.

jueves, 11 de junio de 2020

Equidad (5thN)


La amistad es un fragmento de pasado que guardé en un rincón y a veces acudo a adorar.
Es una cadena rota.
No es familia, es un abrazo de esperanza, un abrazo de consuelo.
Un desahogo.
Es un dintel que sacas cuando se acerca al corazón.

Es distancia, impaciencia, son cartas, es tinta, regalar un corazón a un corazón.

Es una desbandada encamisada.
Es un roto, seguridad, un colchón, son sus brazos, es influencia, es pasado.

Es mirar hacia atrás y al lado, no encontrar, no entender, repudiar y forzar.
Es desprecio, miseria, desapego, envidia.
La amistad se paga, es la playa, es pasado.

Olvidar y dejar pasar, la amistad es matar fuera.
La amistad es secreto, no encubrir, desmentir y chivar.
La amistad es pedir perdón.
Es respetar, y arrepentirse.

Es una hora ante un altar.
Morir otra muerte.
Pero la muerte .
Es.
Consecuencia de la vida.
Y la amistad, es vivir otra vida.
Es una hora en un bar

Es tomar el pelo y mirar pa´lante.
La amistad es no querer perdonar.
La amistad es exhibicionismo, encubrir, mentir y callar.
Recordar y rencordar, la amistad es morir dentro.

La amistad se cobra, es el campo, es futuro.
Es nobleza, entereza, apego, altruismo.
Es mirar hacia delante y al otro lado, hallar, comprender, respetar y ceder.

Es un descosido, inseguridad, una piedra, es su llanto, indiferencia, es futuro.
Es una descamisada organizada.

Es cercanía, paciencia, son gestos, es sangre, custodiar otro corazón en el propio pecho.

Es una flor que riegas cuando le hace falta y cuando no.
El acabóse.
Es familia, un abrazo desesperado, un corazón que rompe al chocar con otro.
Es un candado.
La amistad es un fragmento de futuro que espero en un rincón y de cuando en cuando llegará.

domingo, 29 de marzo de 2020

Y qué hago Paco, ¿me mato?

Una vez escribí que para mí el amor era jugar a sostenerse la mirada con otra persona y perder con el otro, que la intensidad de ambas miradas fuera tal que ninguno de los contendientes fuese capaz de plantar batalla y las banderas blancas ondeasen en sus pupilas mientras se abrazaran.
Que el amor tenia eso de rendirse ante el otro, de abrir el pecho y entregar la daga.
Después llegó ella y me miró, y se regodeó en su victoria cuando sonreí.
Y cuando la cosa se puso seria se picó.


Pueril e inocente criatura, 

guardaran bajo llave la ternura 
que desprendía aquella primavera.

La muy hija de puta me escaldaba con su daga como si no hubiese mañana.
Y yo, fiel enamorado del amor, recibía la daga en pleno esternón...
Ay "how little did I know".


La amo como Becquer y Neruda no supieron querer. 

La amo como quiero amarla, sufriéndola. No por, sino a pesar de. 
Y a pesar de ello también por, porque tremenda pieza que encontró ella también. Que aquí el victimismo para quien alegrías no encuentre, que yo ya me pierdo bastante enredado en su desastre.
Más de una vez he dicho que ella es mi patio de recreo, el bocata de nocilla y las tostaricas, pero lo cierto es que otorgo cuando callo. Porque también es la irritante campana, ese pitido agudo que no cesa cuando debería, ese símbolo de libertad que anhelas y cuya llegada celebras. 
Esa es. Es la vulgaridad más fina y elegante, un croissante bien pronunciado relleno de sobrasada. 
Es la maravilla. 
Y qué maravilla que hayamos aguantado lo que hemos tenido que soportar. 
Porque vaya par de patas para un banco sobre una cuerda colgada con nuestras vergüenzas, que no han sido pocas:
La habitación de rojo, la pizza fría, la pata de jamón, la pistola, nuestro ego, los rojos en la habitación, las coronas por el suelo y tanta aristocracia que dejaste sin pan.
Yo contigo no puedo, pero con tu pena menos.

martes, 17 de septiembre de 2019

Vaya puto desastre

Búscame, cuando aprendas a querer,
cuando quieras entender
y encuentres primavera en el saber.
Cuando através de la rendija logres ver
todo aquello que una vez quisimos ser

Y si me encuentras antes de tiempo
desházme el nudo, que aún me queda por tragar.
Ayúdame a buscar una venda que no me pueda quitar.
O mejor me pones dos monedas en los ojos por si he de comerciar,
ponlas de tal forma que no los pueda cerrar,
no me puedo permitir soñar.
Y la mordaza,
la mordaza te la guardas, que aún
me queda por gritar.

Cuando cumpla mi condena,
más filo que curva te voy a sentir,
No es que vaya a dejarte ir
es que ya estarás tan lejos que no sabré ni fingir
y te voy a mentir,
una por cada promesa que no pude cumplir.

Decidí vivir
y encontré dulce muerte
Ahora elijo muerte, porque
no volver a verte,
también es morir.

jueves, 12 de septiembre de 2019

Mendigos de amor (Ofú II)

Hay veces, como ahora, que escribo en la plantilla de blogger. Es decir, abro nueva entrada, escribo y publico, a veces hago algún cambio, pero es todo de una sentada.
Hoy lo hago porque tengo un recuerdo y una reflexión que plasmar. 
El recuerdo me viene de vez en cuando a la mente. Es de hace ya bastante... unos 15 o 16 años.
(Acabo de terminar la entrada y estoy revisando, al final son varios recuerdos, el que mencionaba aquí es el único que tenía en mente, el del pupitre)
Es una de esas cosas que sabes que han tenido un peso significativo en tu vida o que reflejan alguna conducta que cargas.

Pre-escolar, no sé que año pero este recuerdo lo tengo vívido porque fue la primera y única vez que mi encantadora profesora se enfadó conmigo. Estaba hablando a toda la clase mientras estábamos sentados delante suya con las piernas cruzadas. Pero yo antes de escuchar lo que tuviera que decir necesitaba comentar el capítulo de bandolero que acababa de ver con mi mejor amigo. Obviamente era una imperiosa necesidad. Así que comencé a contarle mientras la profesora explicaba. Lo cual provocó que inmediatamente me llamara la atención de la siguiente manera:
Juan Carlos, si necesitamos decir algo levantamos la mano y lo decimos.
A lo cual asentí, espere un segundo, y cuando retomó la charla la profesora, yo muy educadamente y como se me había dicho, levante la mano y continué hablando con mi amigo. 
No puedo sino reír cada vez que recuerdo el semblante de la profesora, pensó que le estaba vacilando... yo, con lo cortado e inocente que yo era, a ese ángel de luz que era para mí como mi segunda madre. Se me quedó grabada la reprimenda porque no tenía ni idea de que había hecho mal, pero lo quería saber para no volver a decepcionarla. Creo que no me atreví a preguntar.

Segundo de primaria, hacíamos fichas y coloreábamos dibujos. No sé si era perfeccionista o simplemente lento en aquella época, pero cuando se trataba de dibujar no completaba ni una ficha.
Y cuando no las acababa las metía debajo del pupitre. 
Recuerdo que mis compañeros tenían la rejilla del pupitre vacía, mientras la mía estaba a rebosar, llegó un momento que no cabía ni una sola hoja. Y entonces fue cuando sucedió la catástrofe. 
Nuestra tutora nos llamaba melones o meloncios o algo así, no tenía mucha paciencia y nos lo soltaba bastante a menudo en tono de enfado y levantando bastante la voz. La señora estaba mayor y meloncio era su forma de insultarnos o decirnos tontos. Ella se desahogaba.
Estando el pupitre lleno y yo atendiendo en clase llegó un momento en el cual todos los papeles volcaron, literalmente, al menos un kilo y pico de papel, pues al no caber más láminas las intentaba forzar en la parte de arriba y aunque entraban cada vez lo hacían a menos profundidad. Lo cual dio paso a que aquello se volviera insostenible literal y metafóricamente y volcase el peso hacia mí, desparramándose decenas de hojas sobre mis piernas y el suelo.

El cabreo de mi tutora fue monumental. No me afectó porque yo jugaba en un vacío legal. Si no se acababan las podías acabar y entregar otro día, pero nunca las pedían. Obviamente ni siquiera las miraban, si no se hubiese dado cuenta que no había entregado ni una en todo el curso. No pensé que hubiese hecho nada malo. Pero mi tutora fue muy concisa en que había que entregarlas. Pero a mí no me las habían pedido. Y yo no las quería entregar. Me gustaban mis dibujos.

Ese día a la salida mi tutora buscó a mi madre y le contó el incidente muy enfadada. A lo que mi madre respondió que pondría medidas y que no sabía que podría haber pasado.

Un par de años más tarde me enseñaba mi padre su cuaderno de recortes de comics antiguos, el cual aun conservo.
Estaba literalmente alucinando. Era un cuaderno de fantasía, con sus batallitas dibujadas y aquellos héroes de otra época que yo jamás había conocido. Revisando cada uno de ellos me llamó la atención el capitán power. Leí su nombre en voz alta, con entusiasmo, e inmediatamente me llovió una señora colleja por parte de mi señor padre. Esta dolió, no se si me dio con el anillo o qué, pero recuerdo que dolió bastante, tal vez por lo inesperado. Empezaron a llenárseme los ojos de lágrimas de rabia. No entendía que había pasado, le pregunté a mi padre y me dijo que no me hiciera el tonto que ya lo sabía. Estaba a punto de llorar, había sido muy gratuito. Debió ver que estaba herido, no físicamente, porque me pidió perdón por darme fuerte. Yo insistí en por qué me había pegado, al borde de las lágrimas, y con el recorte aún entre las manos. 
Fue entonces cuando me advirtió que la colleja me vino por decir joder.
Ahí la rabia desapareció y lo que surgió fue una necesidad imperiosa de hacerme entender. 
Extendí el recorte a modo de coartada y le comenté lo que había dicho en realidad. Me pidió perdón, me dio un abrazo y me puso un euro en la palma de la mano. Esa colleja no valía un euro, pero el abrazo ayudó, y el perdón se llevó el rencor.

Por último, y antes de la pequeña reflexión, quiero compartir un último recuerdo, este mucho más actual.
Hace un par de meses, haciendo laudes en mi casa, celebración cristiana que hacen mis padres conmigo presente por mutuo acuerdo, hay una parte en la que contamos cosas íntimas sobre como nos ha ido la semana etc, y para resolver una especie de conflicto que acabó en lágrimas entre mi hermana mayor y mi madre, mi padre zanjó el asunto con las siguiente frases.
¿Pero es que no lo veis? Si es que somos todos mendigos de amor.
Y fue como si un gatillo se apretara en mi cabeza. Una verdad tan simple...
Algo que había sabido siempre pero que nunca había encontrado palabras para expresar.
Mendigos de amor.
Que verdad tan simple y maravillosa. Suplicamos en silencio, casi nunca dejamos oír nuestros ruegos y plegarias, pero lo pediríamos a voces si pensásemos que serviría de algo. 
Porque es nuestra necesidad básica. Explica tantas cosas esa frase. 
Explica mi estupor en prescolar, mi indiferencia en primaria y mis lágrimas de rabia. 
Explica mi depresión en la ESO, mis ocho años para superar un amor no correspondido, porqué me dolió tanto dejar la iglesia siendo lo que más quería hacer en el mundo, mi ruptura con mis mejores amigos y mi desubicación actual.
Necesitamos querer y que nos quieran bien para sacar nuestro potencial, o vernos totalmente faltos de amor para desarrollarnos en nuestra máxima. No digo amor romántico, digo amor en todas sus formas.
Y cabe destacar al hilo de los recuerdos, la importancia de entenderse. En la parroquia repetían mucho, tanto que lo convertían en mantra, la escena de dos judíos que se encuentran y el uno llama amigo al otro, a lo que este responde: ¿ sabes que es lo que me hace sufrir? ¿No? ¿Cómo puedes llamarme amigo entonces?
No es para tanto, pero esconde alguna reflexión. Como la de que no se puede amar lo que no se conoce, y no se puede conocer lo que no se ofrece. Aquí me gustaría hablar también de la desnudez literal y metafórica, pero son las tres, se me queda largo y tengo sueño. 




lunes, 5 de agosto de 2019

Corazón de Colibrí (Parte I)

Ella creía. 
En general. 
En cosas.
Creía. 
En pasado.
 Porque depositó su fe y su futuro en el género humano. No en ideas irrefutables, si no en caballeros de brillante armadura. 
 ‎En príncipes de intenciones bondadosas y en algo cuyo funcionamiento no acababa de comprender a pesar de la fascinación que le causaba. 
 ‎Algo que se parecía bastante a la idea que tenía de felicidad.
 ‎Algo que no entendía de nombres pero que nombre tenía, algo que simplemente se sentía.

Conforme fueron pasando las experiencias, los años y la nobleza... las intenciones de unos se fueron tornando dudosas y las armaduras fueron perdiendo lustre. 
Poco a poco una voz se fue asentando en su cabeza.
Una voz que le decía que tal vez la belleza que antes la deslumbraba nunca hubiese existido. 
Que su vida siempre había estado distorsionada. 
Que nadie era quien creía ser. 
Que quizá llevar corona no le daba derecho a nadie a besar a una mujer dormida. 
Que no era noble quien sólo reconoce la valía del otro género cuando llega la oportunidad de clavarla (la rodilla), ni el que se enamora de la más bella del baile y mueve cielo y tierra hasta que la tiene en su mano y se ve capaz de cerrar el puño.

Conoció el aliento y las verdaderas formas de más de uno que se autoproclamaba  caballero (del reino de la farsa), y fue herida y humillada por algún otro susodicho matador de dragones que lo único que había matado fue un puñado de ilusiones.

Llegó a la conclusión de que no es que se hubiesen acabado los príncipes con que antaño soñaba. 
Sino que nunca habían existido.
Rompió su mundo y volvió a nacer.
Lo hizo a base de desengaños, de desmontar yelmos y armaduras para comprobar que no es acero todo lo que reluce y que hasta a la mierda se le puede sacar lustre.
Encontrando debajo de las mismas huecos del tamaño de las enormes promesas que sus dueños proferían. 
Aire. 


Golpe a golpe, yelmo a yelmo, dejó de visitar la ciudad para refugiarse en el bosque.
Y se abandonó a la voz que antaño le había advertido que aquello no era real. Pues no encontraría entre el follaje peores bestias de las que ya había conocido.  

-Que vengan aquí que hay luz si son lo que dicen ser. 
-Y aunque no supo de quien eran en realidad estas palabras, tuvo la certeza por primera vez después de mucho tiempo de que era lo que quería hacer.

De esta forma, en su refugio, fue brisa, fue vida, fue feliz. 
Entró en la deliciosa rutina de romper cada día un estigma, una lanza en favor de ella misma. 
Recorrió los caminos que trazó. 
Recogió los frutos que sembró. 
Necesitó únicamente de sí. 
Entabló conversación con sus luces y sus sombras y le puso nombre a todas y cada una de ellas.
Sus luces le iluminaban en las noches de insomnio para que leyera y sus sombras le abrigaban en aquellas en las que los témpanos se formaban.
La vida, por fin, se fue abriendo como un abanico de infinitas posibilidades.

Y así fue tejiéndose el tapiz de su vida, con muchos cambios de color y pocos altercados, hasta una o dos quincenas después del solsticio de verano.  Cuando los hilos de otro tapiz se cruzaron imponiendo como consecuencia un cambio radical en la ilustración, que aquella mañana al alba habría sido imposible de imaginar.

Cercana la media mañana de cielo salpicado por nubes que anunciaban calma, nuestra protagonista captó un nuevo sonido que desde la linde del bosque vaticinaba lo contrario. 
En primera instancia no le dio mucha importancia, los animales del bosque solían acercarse a los prominentes olores que despedía puntualmente la chimenea, y aún más frecuentemente en aquella época del año.
Sin embargo, pasaban las horas y el ruido no cesaba.

Tras lavar los platos, limpiar el baño, deshollinar la chimenea, sacar lustre a la vajilla, hacer la colada, sacudir las alfombras y barrer la casa intentando huir con escaso éxito de la llamada del zumbido, optó finalmente por simple curiosidad, (por no perder la cabeza en realidad) salir del lugar al que llamaba hogar.
De esta forma pudo comprobar, que desprovista de los muros que antes la rodeaban, el zumbido ya no era molesto, tampoco melodioso, sino meramente... sonoro. 

Pasados unos minutos de atención ininterrumpida y aún dubitativa entre si refugiarse de nuevo en su cabaña o asomarse a la primera línea de quebrantos, tomó casi por inercia el sendero hacia la linde del bosque. 
Al poco de adentrarse en él, entre árboles de distintos linajes comenzó a definirse ante sus ojos una silueta que no era precisamente arbórea, ni herbácea.
Una que pocos habían visto.
En un primer momento la silueta parecía erguirse como una sombra furtiva contra el horizonte. 
No habría sabido distinguir si era animal o humano. Y sin embargo ya en una primera instancia habría jurado que era un animal, y que era un humano al mismo tiempo.

No sin razón, pues al acercarse algo más concluyó que no era animal ni persona, y sin embargo era animal y también persona.
Lo que más le llamó la atención no fue el aspecto de la criatura (que no estaba exenta de rareza), sino el sonido que producía al batir las alas.
Porque debían ser alas aquellos borrones que la silueta llevaba en lo que supuso que era su espalda, aunque era imposible distinguirlas a simple vista. 

La realidad es que estas alas, a pesar de ser indistinguibles en pleno movimiento, ni si quiera eran transparentes. Mas las batía unas 35 veces por segundo en verano y 55 en invierno. Y aunque por aquellas fechas el ambiente continuaba siendo primaveral, seguía siendo imposible asegurarse de que eso que vibraba en su espalda era el batir de unas alas. 

El sonido que producían se asemejaba al de un redoble de tambor cuya piel hubiese sido forrada con terciopelo. 
O cuyas baquetas estuviesen recubiertas de plumas. Quizá ambas.
Al principio no parecía más que un ruido. 
Cíclico y monótono. 
Pero al centrar sus sentidos en el fenómeno, llegó a percibir tonalidades y variaciones hasta tal punto que pensó que estaba escuchando por primera vez en su corta existencia una música sin ritmo. 
La banda sonora de su vida, concluyó con sorna.
Y quizá no estuviera muy equivocada.


La tentación de saciar su curiosidad fue más fuerte que el instinto y se acercó despacio a aquel ser que concentrado en lo que parecía la acumulación de leña, quien no se percató de su existencia hasta pasados unos segundos. 
Segundos que ella dedicó a estudiarlo como hizo los minutos siguientes en los que el ser fingió no verla. 
Sin embargo, aquel estudio superficial no sació su curiosidad.
La alentó.
Se preguntaba si estaría hecho de lo mismo que ella. Cómo se las arreglaba para armar tal estruendo. Y cómo cojines emplumados había salido del bosque y llegado a su claro.
Pensó que jugaba en casa, se sentía segura, así que llamó su atención con un bramido semejante al que solía utilizar para espantar a los roedores...

Aquello apenas se inmutó... roedor no era, eso seguro. Digo apenas porque algo sí que cambió en su rostro, y pareció mostrar no sorpresa sino... ¿indignación? Si es que tal expresión podía ser producida por unos rasgos que a pesar de su humanidad, no eran humanos. 
Orientó su cuerpo hacia la chica del claro, y con él su rostro, del que llamaba la atención lo que parecía ser un pico y una boca, una especie de labios duros, oscuros y relucientes.
Nunca había visto criatura semejante en el bosque del que venía, y al contemplarla de frente por primera vez la percibió como un misterio ya resuelto cuya solución simplemente aún no conocía. El misterio tenía color, uno que no tiene nombre, aún. 

Comenzó interrogándolo sin mucha esperanza de ser entendida.
Pero obtuvo una respuesta que a su parecer se encontraba a la altura de la pregunta.
Sus labios se separaron y de ellos surgió una voz a su medida. Emplumada.
A qué eres, se contestó -yo soy yo. Y si soy algo más o algo menos no depende de mí. 

 Aquello también quiso saber, así que compartieron. No sus pasados, no sus futuros, sino sus presentes. 
 ‎Se centraron en lo que más les importaba. 
 ‎En los árboles que les rodeaban, en las armaduras de los hombres y en por qué las llevaban, en hacia dónde soplaba el viento, en la soledad que a distancia compartían y en cómo las alas y la capacidad de volar no eran sinónimo de libertad. Cómo podía estar arrastrándose por el suelo mientras atravesaba una nube y viceversa.
 ‎Las preguntas sucedieron a respuestas que precedieron a más cuestiones que sucedieron a más interrogantes salidos de dos mentes que ansiaban el tipo de información que durante tanto tiempo les faltó.
 ‎Tenían en común 1001 ideas que intercedían en sus vidas de 1001 formas diferentes.
Uno volaba y la otra andaba, pero la cuestión era el compás. Lo que querían saber era por qué ese paso o ese aleteo, qué motivaba el movimiento, si querían llegar a algún sitio o si preferían vagar.

La luna empezó a hacerse notar y las extremidades a resentirse. Pero necesitaban más, tenían ansia por conocer lo que se erguía ante sus ojos. 

Ella lo invitó a continuar en su obra. Él declinó la oferta, el sol se había puesto sin que completara su nido, y parte del trabajo que debió ser diurno pasaría ahora a ocupar horas de sueño. 

De esta forma llegó el mañana, y el pasado, y esta vez, él la encontró a ella.
Dormitaba en su cabaña a hora temprana, cuando la despertó la arritmia.
Acudió a la puerta y lo invitó a entrar, de lo cual se arrepintió al instante, el pobre ser sería ágil en el aire (supuso), mas apenas pasar el marco de la puerta demostró que no controlaba en tierra el espacio que sus alas ocupaban. Tras salvar un salero de un derrame inminente y unos libros de caer a una chimenea si bien apagada llena de cenizas, sacó al aterciopelado de su hogar arrojándolo fuera como pudo. Este que no comprendió muy bien por qué tal estruendo, se dejó hacer algo inquieto por los nuevos modos que salían a la luz-

Dado que la simple presencia del pájaro provocaba tal embrollo se dedicaron a vagar por los diferentes claros del bosque, donde el espacio favorecía el movimiento conjunto.

Esta vez la cosa estaba orquestada, la falta de propósito de su primer encuentro se encontraba ahora suplida por las escondidas intenciones que llevaban tatuadas en las pupilas. Quizá por eso al vagar, no se miraban a los ojos. Conversaron desde las tablas que dejaron en la partida anterior. 
Se acercaban a lo que de verdad les movía, como adolescentes inquietos descubrían al fin (una conversación puede dar pie a la eternidad) el motor primario de la mente del oponente. 

Mientras una zigzagueba hacia el pecho de uno el otro serpenteaba hacia las pesadas cadenas que atan al suelo a los mortales como ella.
La cierto es que esta vez lo jugaron fatal, me gustaría narrar cómo ambos se fueron desvistiendo el uno al otro lenta y metafóricamente, pero fue demasiado fácil. Estaban desnudos antes de empezar. Habían abierto el pecho y entregado la daga y se dejaban hurgar por la curiosidad cartesiana de cada cual. 
Resultó que el corazón de él no era si no un músculo, que no entendía que eran un baile o clavar la rodilla, que no sabía para que servían las placas metálicas que ella describía y que no sintió jamas esa opresión en garganta estómago y corazón. 
Ella por su parte se sintió desconcertada. Alas, no sabía cómo funcionaban, qué se sentía al volar ni por qué esa tendencia a aferrarse a la tierra y no a colgar del cielo más allá de lo obvio.
Entonces, ambos empezaron a forjar sus metas bajo ala y brazo, ambos partían de la misma motivación. 
La necesidad de ser entendidos.

(Llevo bastante tiempo trabajando esta historia que pasa de borrador pero sigue sin estar ultimada, tengo más material que supongo publicaré en un futuro lejano o no.
Si alguien tiene curio que me de feedback que siempre motiva a continuar con los proyectos. Incluso os puedo pasar lo que tengo y quizá haceros participes del proceso creativo, aunque sean pinceladas)