sábado, 30 de septiembre de 2017

Verdes


Verde olivo verde rama porque no vieron tus ojos
ni tus siete vidas de futuro incierto.
Verde pasar por nosotros sin morir ni una vez,
las colinas del castillo en que nos coronamos a besos sin importar el color de la sangre.
Aristócratas del verbo hambre.
Hambre de segundos, minutos y horas por parar el reloj y no provocar ausencias 
ni herir sensibilidades.
Encontrarme calado hasta los huesos evadiendo responsabilidades.
Verde tú, que me miras
y florezco.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Nunca quise ser Peter Pan

A veces me acuerdo de aquel chaval que aprendía tarde.
Todavía lo veo soltar el garfio, darse cuenta por si solo de que de mayor no podría ser pirata y
agarrar la pistola para dar los primeros tiros de un futuro vaquero.
Lo recuerdo colgar las espuelas en la pista de basket.
Mirando el aro soñando con hacer un mate, tirando triples y pensando que si entraba era él quien se
casaba con la niña que soñaba.
Veo al niño de noche rezando por mejorar, por poder jugar en grandes ligas como la NBA.
Lo veo entender y quedarse atrás.
Cambiar vocación por amor, soñar en noches de insomnio un futuro mejor.
Un futuro con "ella".
Lo veo volver a refugiarse con palabras en el silencio y cambiar sus rezos.
Entender y dejar de pedir para empezar a suplicar que dejara de doler.
Lo recuerdo perdiendo la fe.
Dejando de crecer por no saber a qué aferrarse.
Queriendo ser más persona.
Más normal.
Más feliz.

Queriendo volver a creer, a escribir, a crecer o a coger de nuevo un garfio, una pistola o una pelota.

Pero ha llovido desde entonces.
Y ahora el chaval solo quiere un arma.
Su pluma.
Con ella se va escribiendo a sí mismo.
Cree que sabe algunas cosas y aunque no tenga pruebas
es consciente de que ha aprendido mucho.
Nunca (jamás) demasiado.
Se ha levantado, casi siempre tarde.
Y ha volado.

Pero si miras a los ojos del chaval
pasada la segunda estrella a la derecha
tras el sonido del vientre del cocodrilo
aún se puede divisar la silueta
de un garfio de metal.