viernes, 8 de septiembre de 2017

Nunca quise ser Peter Pan

A veces me acuerdo de aquel chaval que aprendía tarde.
Todavía lo veo soltar el garfio, darse cuenta por si solo de que de mayor no podría ser pirata y
agarrar la pistola para dar los primeros tiros de un futuro vaquero.
Lo recuerdo colgar las espuelas en la pista de basket.
Mirando el aro soñando con hacer un mate, tirando triples y pensando que si entraba era él quien se
casaba con la niña que soñaba.
Veo al niño de noche rezando por mejorar, por poder jugar en grandes ligas como la NBA.
Lo veo entender y quedarse atrás.
Cambiar vocación por amor, soñar en noches de insomnio un futuro mejor.
Un futuro con "ella".
Lo veo volver a refugiarse con palabras en el silencio y cambiar sus rezos.
Entender y dejar de pedir para empezar a suplicar que dejara de doler.
Lo recuerdo perdiendo la fe.
Dejando de crecer por no saber a qué aferrarse.
Queriendo ser más persona.
Más normal.
Más feliz.

Queriendo volver a creer, a escribir, a crecer o a coger de nuevo un garfio, una pistola o una pelota.

Pero ha llovido desde entonces.
Y ahora el chaval solo quiere un arma.
Su pluma.
Con ella se va escribiendo a sí mismo.
Cree que sabe algunas cosas y aunque no tenga pruebas
es consciente de que ha aprendido mucho.
Nunca (jamás) demasiado.
Se ha levantado, casi siempre tarde.
Y ha volado.

Pero si miras a los ojos del chaval
pasada la segunda estrella a la derecha
tras el sonido del vientre del cocodrilo
aún se puede divisar la silueta
de un garfio de metal.


No hay comentarios:

Publicar un comentario