sábado, 28 de febrero de 2015

Mi época: Puta bida tt

He nacido en una época en la que a pensar y a replantearse cualquier cosa se le llama ¨rayarse¨... y rayarse... es malo.
En mi época, aproximadamente el 75% de los corazones son de plástico, hoy en día los corazones se reponen fácilmente. Si te duele, antes de esperar y lamerte las heridas, puedes quitártelo y colocar en su lugar otro más artificial. Menos humano.
El otro 25%, el que tiene un corazón... raro, es o bien porque aún no ha sido dañado (lo cuál hoy en día es peculiar) o bien porque se encuentra en una de esas personas extravagantes que se enorgullecen de sus heridas, de las que no necesitan un trasplante para seguir adelante.
En mi época, el raro es aquél que no tiene máscaras en el armario, que se muestra como es, aquella que no necesita embotarse la cara en maquillaje para sentirse guapa, o aquél que no se gasta la paga en la peluquería por un buen tupé.
En mi época, la gente ¨no cree¨ en el amor. Y no es de extrañar, pues no es algo fácil de sentir para n corazón artificial.
Personalmente, diría que amar es, entre otras cosas, tener el valor de renunciar a uno mismo para entregarse a otra persona. Pero en una sociedad en la que se premia el ser más que otro, el pasar por encima sin vergüenza ninguna, y abunda el orgullo insano (por ponerle nombre a esa dignidad exaltada de la que muchos se rodean), ¿cómo se va a creer en que algo así te puede hacer feliz, dándolo todo por una persona? Es una locura.
Una locura real, si eres de esos que no creen, te informo de que sí, de que se puede. (Cómo dijo Lope: quién lo probó lo sabe) Y espero que cuando algún día te quedas mirando a alguien creyendo que te va a explotar el corazón, justo antes de lanzarte pienses: joder, tenía razón.

lunes, 23 de febrero de 2015

Hay una bala en cada mirada esperando a ser disparada.

Dicen que las armas las carga el demonio, pero tus ojos los cargué yo.
Coloqué la munición cuidadosamente en tu mirada ausente,
teniendo siempre en mente los orificios que abrirían las balas en mi pecho,
sin considerar lo maltrecho que éste podría quedar.
No me paré ni un momento a pensar en el dolor que te di opción a provocar(me).
Aunque de haberlo hecho, ¿qué habría cambiado?
De todas formas habrías disparado.
Era un blanco fácil, quieto, delante tuya, a pecho descubierto.
No te habrías atrevido a preguntar por qué no huía, no buscabas una respuesta,
sólo una orquesta de disparos, solo una ristra de motivos,
y he de reconocer, que no se si fui yo, o fueron ellos...
 Pero te dimos unos cuantos.

PD: Con los pies fríos no se piensa bien.

jueves, 12 de febrero de 2015

Fur Elise

Cuentan que la mejor bailarina de Viena, Elise, era una dama de hielo. De hielo y de cristal, que bailaba a pesar de su fragilidad. Dicen que producía chirridos desagradables al andar, debido al roce del hielo y el cristal. Sin embargo, también dicen que cuando danzaba, todos sus ruidos se convertían en música para los oídos de todo aquél que se paraba a escuchar.

Yo fui uno de aquellos privilegiados que la vieron bailar. Y digo que la vi porque mi sordera me impidió escuchar absolutamente nada.
A mi alrededor, todos los que aquella noche habían acudido al teatro se maravillaban presenciando el espectáculo, pero para mi, aquella escena era cuanto menos grotesca. Presencié como la chica se astillaba, como caía en pedazos con cada giro que daba. De su cuerpo saltaban esquirlas de cristal que acudían a alojarse entre las ropas del público, pero ni siquiera ella parecía percatarse.
La verdad es que había algo de belleza en aquel horror, la belleza de sus gráciles pero rotos movimientos. Pero no era belleza suficiente para retenerme en mi asiento y permitir que aquella chica se matara.
Busqué cordura en el caballero de mi derecha, en cuyos labios, al interrumpirle leí: "Cállese, déjeme escuchar". Me pregunté qué había que escuchar, pues la orquesta permanecía inmóvil, respetuosa. Volví mi atención a la chica, y al centrarme en ella, mi cabeza empezó a crear las notas que mis oídos no podían escuchar. Juro que acabé la partitura al tiempo que la dama caía, y junto al silencio, llegó la reflexión de que la música, como bien sabía la dama que yacía en el escenario... era una causa digna por la que dar la vida. Por hacerme entender esto, Elise, la Bagatella que me diste, es para ti.

Ludwig van Beethoven

https://www.youtube.com/watch?v=_mVW8tgGY_w