Cuentan que la mejor bailarina de Viena, Elise, era una dama de hielo. De hielo y de cristal, que bailaba a pesar de su fragilidad. Dicen que producía chirridos desagradables al andar, debido al roce del hielo y el cristal. Sin embargo, también dicen que cuando danzaba, todos sus ruidos se convertían en música para los oídos de todo aquél que se paraba a escuchar.
Yo fui uno de aquellos privilegiados que la vieron bailar. Y digo que la vi porque mi sordera me impidió escuchar absolutamente nada.
A mi alrededor, todos los que aquella noche habían acudido al teatro se maravillaban presenciando el espectáculo, pero para mi, aquella escena era cuanto menos grotesca. Presencié como la chica se astillaba, como caía en pedazos con cada giro que daba. De su cuerpo saltaban esquirlas de cristal que acudían a alojarse entre las ropas del público, pero ni siquiera ella parecía percatarse.
La verdad es que había algo de belleza en aquel horror, la belleza de sus gráciles pero rotos movimientos. Pero no era belleza suficiente para retenerme en mi asiento y permitir que aquella chica se matara.
Busqué cordura en el caballero de mi derecha, en cuyos labios, al interrumpirle leí: "Cállese, déjeme escuchar". Me pregunté qué había que escuchar, pues la orquesta permanecía inmóvil, respetuosa. Volví mi atención a la chica, y al centrarme en ella, mi cabeza empezó a crear las notas que mis oídos no podían escuchar. Juro que acabé la partitura al tiempo que la dama caía, y junto al silencio, llegó la reflexión de que la música, como bien sabía la dama que yacía en el escenario... era una causa digna por la que dar la vida. Por hacerme entender esto, Elise, la Bagatella que me diste, es para ti.
Ludwig van Beethoven
https://www.youtube.com/watch?v=_mVW8tgGY_w
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