martes, 17 de septiembre de 2019

Vaya puto desastre

Búscame, cuando aprendas a querer,
cuando quieras entender
y encuentres primavera en el saber.
Cuando através de la rendija logres ver
todo aquello que una vez quisimos ser

Y si me encuentras antes de tiempo
desházme el nudo, que aún me queda por tragar.
Ayúdame a buscar una venda que no me pueda quitar.
O mejor me pones dos monedas en los ojos por si he de comerciar,
ponlas de tal forma que no los pueda cerrar,
no me puedo permitir soñar.
Y la mordaza,
la mordaza te la guardas, que aún
me queda por gritar.

Cuando cumpla mi condena,
más filo que curva te voy a sentir,
No es que vaya a dejarte ir
es que ya estarás tan lejos que no sabré ni fingir
y te voy a mentir,
una por cada promesa que no pude cumplir.

Decidí vivir
y encontré dulce muerte
Ahora elijo muerte, porque
no volver a verte,
también es morir.

jueves, 12 de septiembre de 2019

Mendigos de amor (Ofú II)

Hay veces, como ahora, que escribo en la plantilla de blogger. Es decir, abro nueva entrada, escribo y publico, a veces hago algún cambio, pero es todo de una sentada.
Hoy lo hago porque tengo un recuerdo y una reflexión que plasmar. 
El recuerdo me viene de vez en cuando a la mente. Es de hace ya bastante... unos 15 o 16 años.
(Acabo de terminar la entrada y estoy revisando, al final son varios recuerdos, el que mencionaba aquí es el único que tenía en mente, el del pupitre)
Es una de esas cosas que sabes que han tenido un peso significativo en tu vida o que reflejan alguna conducta que cargas.

Pre-escolar, no sé que año pero este recuerdo lo tengo vívido porque fue la primera y única vez que mi encantadora profesora se enfadó conmigo. Estaba hablando a toda la clase mientras estábamos sentados delante suya con las piernas cruzadas. Pero yo antes de escuchar lo que tuviera que decir necesitaba comentar el capítulo de bandolero que acababa de ver con mi mejor amigo. Obviamente era una imperiosa necesidad. Así que comencé a contarle mientras la profesora explicaba. Lo cual provocó que inmediatamente me llamara la atención de la siguiente manera:
Juan Carlos, si necesitamos decir algo levantamos la mano y lo decimos.
A lo cual asentí, espere un segundo, y cuando retomó la charla la profesora, yo muy educadamente y como se me había dicho, levante la mano y continué hablando con mi amigo. 
No puedo sino reír cada vez que recuerdo el semblante de la profesora, pensó que le estaba vacilando... yo, con lo cortado e inocente que yo era, a ese ángel de luz que era para mí como mi segunda madre. Se me quedó grabada la reprimenda porque no tenía ni idea de que había hecho mal, pero lo quería saber para no volver a decepcionarla. Creo que no me atreví a preguntar.

Segundo de primaria, hacíamos fichas y coloreábamos dibujos. No sé si era perfeccionista o simplemente lento en aquella época, pero cuando se trataba de dibujar no completaba ni una ficha.
Y cuando no las acababa las metía debajo del pupitre. 
Recuerdo que mis compañeros tenían la rejilla del pupitre vacía, mientras la mía estaba a rebosar, llegó un momento que no cabía ni una sola hoja. Y entonces fue cuando sucedió la catástrofe. 
Nuestra tutora nos llamaba melones o meloncios o algo así, no tenía mucha paciencia y nos lo soltaba bastante a menudo en tono de enfado y levantando bastante la voz. La señora estaba mayor y meloncio era su forma de insultarnos o decirnos tontos. Ella se desahogaba.
Estando el pupitre lleno y yo atendiendo en clase llegó un momento en el cual todos los papeles volcaron, literalmente, al menos un kilo y pico de papel, pues al no caber más láminas las intentaba forzar en la parte de arriba y aunque entraban cada vez lo hacían a menos profundidad. Lo cual dio paso a que aquello se volviera insostenible literal y metafóricamente y volcase el peso hacia mí, desparramándose decenas de hojas sobre mis piernas y el suelo.

El cabreo de mi tutora fue monumental. No me afectó porque yo jugaba en un vacío legal. Si no se acababan las podías acabar y entregar otro día, pero nunca las pedían. Obviamente ni siquiera las miraban, si no se hubiese dado cuenta que no había entregado ni una en todo el curso. No pensé que hubiese hecho nada malo. Pero mi tutora fue muy concisa en que había que entregarlas. Pero a mí no me las habían pedido. Y yo no las quería entregar. Me gustaban mis dibujos.

Ese día a la salida mi tutora buscó a mi madre y le contó el incidente muy enfadada. A lo que mi madre respondió que pondría medidas y que no sabía que podría haber pasado.

Un par de años más tarde me enseñaba mi padre su cuaderno de recortes de comics antiguos, el cual aun conservo.
Estaba literalmente alucinando. Era un cuaderno de fantasía, con sus batallitas dibujadas y aquellos héroes de otra época que yo jamás había conocido. Revisando cada uno de ellos me llamó la atención el capitán power. Leí su nombre en voz alta, con entusiasmo, e inmediatamente me llovió una señora colleja por parte de mi señor padre. Esta dolió, no se si me dio con el anillo o qué, pero recuerdo que dolió bastante, tal vez por lo inesperado. Empezaron a llenárseme los ojos de lágrimas de rabia. No entendía que había pasado, le pregunté a mi padre y me dijo que no me hiciera el tonto que ya lo sabía. Estaba a punto de llorar, había sido muy gratuito. Debió ver que estaba herido, no físicamente, porque me pidió perdón por darme fuerte. Yo insistí en por qué me había pegado, al borde de las lágrimas, y con el recorte aún entre las manos. 
Fue entonces cuando me advirtió que la colleja me vino por decir joder.
Ahí la rabia desapareció y lo que surgió fue una necesidad imperiosa de hacerme entender. 
Extendí el recorte a modo de coartada y le comenté lo que había dicho en realidad. Me pidió perdón, me dio un abrazo y me puso un euro en la palma de la mano. Esa colleja no valía un euro, pero el abrazo ayudó, y el perdón se llevó el rencor.

Por último, y antes de la pequeña reflexión, quiero compartir un último recuerdo, este mucho más actual.
Hace un par de meses, haciendo laudes en mi casa, celebración cristiana que hacen mis padres conmigo presente por mutuo acuerdo, hay una parte en la que contamos cosas íntimas sobre como nos ha ido la semana etc, y para resolver una especie de conflicto que acabó en lágrimas entre mi hermana mayor y mi madre, mi padre zanjó el asunto con las siguiente frases.
¿Pero es que no lo veis? Si es que somos todos mendigos de amor.
Y fue como si un gatillo se apretara en mi cabeza. Una verdad tan simple...
Algo que había sabido siempre pero que nunca había encontrado palabras para expresar.
Mendigos de amor.
Que verdad tan simple y maravillosa. Suplicamos en silencio, casi nunca dejamos oír nuestros ruegos y plegarias, pero lo pediríamos a voces si pensásemos que serviría de algo. 
Porque es nuestra necesidad básica. Explica tantas cosas esa frase. 
Explica mi estupor en prescolar, mi indiferencia en primaria y mis lágrimas de rabia. 
Explica mi depresión en la ESO, mis ocho años para superar un amor no correspondido, porqué me dolió tanto dejar la iglesia siendo lo que más quería hacer en el mundo, mi ruptura con mis mejores amigos y mi desubicación actual.
Necesitamos querer y que nos quieran bien para sacar nuestro potencial, o vernos totalmente faltos de amor para desarrollarnos en nuestra máxima. No digo amor romántico, digo amor en todas sus formas.
Y cabe destacar al hilo de los recuerdos, la importancia de entenderse. En la parroquia repetían mucho, tanto que lo convertían en mantra, la escena de dos judíos que se encuentran y el uno llama amigo al otro, a lo que este responde: ¿ sabes que es lo que me hace sufrir? ¿No? ¿Cómo puedes llamarme amigo entonces?
No es para tanto, pero esconde alguna reflexión. Como la de que no se puede amar lo que no se conoce, y no se puede conocer lo que no se ofrece. Aquí me gustaría hablar también de la desnudez literal y metafórica, pero son las tres, se me queda largo y tengo sueño.