Noté una serie de constantes golpecitos en la pierna que me obligaron a abrir los ojos.
Al alzar la vista contemplé el rostro de un anciano, de unos ojos completamente blancos que hacían juego con su pelo.
El anciano me preguntó:
-Muchacho, ¿aquí se coge el 8?
Dudé unos segundos, pasmado a causa de aquellos pozos blancos que parecían escrutarme, me recompuse y le contesté que sí, que era el mismo autobús que unos minutos más tarde cogería yo.
Se sentó junto a mí y guardamos silencio durante unos escasos segundos que dediqué a contemplarlo.
Para cuando me paré en sus ojos, como si adivinara lo que estaba pensando me dijo:
-¿Sabes? Yo no nací así, ¿quieres saber cómo me pasó esto?
Me quedé perplejo, estuve a punto de decirle que no por respeto y porque me incomodaba la situación, pero lo cierto es que sentía curiosidad, así que me aventuré dándole pie a continuar.
-Bueno, si te digo la verdad la culpa es de una mujer -comenzó el anciano-, es suya por llevar tanta vida tatuada en las pupilas. -Paró unos segundos, lanzó un profundo suspiro y continuó: -La verdad es que por aquel entonces pensaba que todas las miradas estaban vacías, pero en aquellos ojos muchacho... en aquellos ojos podía ver mis nuevos libros favoritos, los rincones donde ella pasaba el tiempo que no le sobraba pero que igualmente gastó, los saltos que se arrepentía de no dar y los que dio, pero sobretodo, en sus ojos leía poesía, si es verdad eso que dicen de que los ojos son el espejo del alma ella debía estar condenada al cielo.
Lo cierto es que me aprendí sus ojos tan bien que era capaz de tomarle el pulso sólo con mirarla. Así fue cómo me di cuenta de cómo se le aceleraba el corazón cuando él aparecía ante sus ojos...Cuando le miraba a él, no a mi, porque aunque a mi me vio muchas veces, la verdad es que nunca me miró, al menos no como yo la miraba a ella. -Guardó silencio unos segundos antes de preguntar:
-¿Sigues ahí?
Asentí con la cabeza, solo para darme cuenta de lo absurdo de gesticular ante un ciego, su descripción me había pillado desprevenido porque sabía exactamente a qué se refería, contesté un escueto 'sí' con el hilo de voz que pude reunir, pero para entonces su autobús se aproximaba, se lo indiqué y susurró con una voz parecida a la mía:
-Sus ojos fueron la cosa más bonita que vi en mi vida, después de ella ya no quedaba nada digno de ver.
Recogió su bastón y echó a andar alejándose del autobús con paso seguro.
Paró el autobús y abrió las puertas, pero yo permanecí sentado, con la mirada clavada en su espalda como si esperara que el ciego volviera para continuar su relato,y aunque sentí el impulso de correr para alcanzarlo, algo me decía que ya conocía su historia, y sabía que ese autobús me llevaría junto a los ojos que yo quería ver, ojos que aquella tarde ya lejana vi por última vez, y es por eso por lo que hoy que mi canoso pelo y mi mirada hacen juego, me sigo arrepintiendo de no haber corrido tras él.
Ya no recuerdo lo que es ver, pero aún recuerdo sus ojos.
Me has quedado boquiabierta. Es preciosa la historia, la sensación de tontos que se nos queda a los que creemos videntes cuando conocemos a alguien que sabe ver sin ver, que mira donde los demás no vemos. Qué envidia me da tu protagonista...
ResponderEliminarEstas son las historias que me gustan, las que te hacen pensar, las que te llevan un poquito más allá. Enhorabuena por el relato!
Muchas graciaaas, me encantan tus comentarios!!
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