lunes, 7 de mayo de 2018

Madurar no es morir

-¿Y tú qué ibas a saber del amor si eras un niño?
Si no habías pasado por las malas con la persona con la que te levantas cada mañana.
¿Qué ibas a saber si nunca le has hecho el amor a quien amas?
Si el único acantilado por el que te tiraste se llamaba declaración.
Qué sabrías tú de lo que significa cuidar a alguien si el único pozo del que saliste fue un simple rechazo.
No entiendes que el amor se fragua, que hay que templarlo, que lo que se moldea a llama viva acaba por quebrarse.
Que el fuego que más calienta también se apaga y solo queda lo que encuentres entre las ascuas.
Intentas llenar todo ese vacío con palabras inmensas, pero con tan poca voz que apenas rompes el silencio.

-Pero cómo.
Explícame cómo eres capaz de juzgar un sentimiento que no es tuyo.
Cómo osas hablar de un corazón que no conoces.
Como si entre estas fibras no pudiera contener un universo o dos.
Como si el tiempo o la edad fuese un factor determinante de la intensidad que un pecho puede albergar.
Qué vas a saber tú, que no trasluce en tus ojos la ilusión, que necesitas la carne para sentir y los ojos para ver.
Si necesitas tenerlo delante cada día para llegar a apreciarlo.
Que tu amor se muere en la distancia y se entierra en la noche, en otros ojos.
Hay que tenerlos muy grandes para hablar de acantilados sin contar con el vértigo, con el miedo a la caída, es muy fácil hablar de saltar cuando tienes paracaídas, pero a ver como saltas a espalda descubierta, a ver si eres capaz de jugarlo absolutamente todo.
De abrir el pecho y entregar la daga.
De quebrar la voz y emitir sonido.

Cuando de amor se trata, la única opinión que vale es la de Lope.
Quien lo leyó lo sabe, y quien no, que proceda.






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