Cuando te olvidé lo descuidaste.
Al quemarme te enfriaste.
Impotentes vimos alzarse el desastre.
Lo afrontamos como domingueros ante un tsunami.
Salimos por patas.
Corrimos, corrimos cuanto pudimos, y tras el impacto... simplemente nos dejamos arrastrar por la corriente, vimos desmoronarse todo a nuestro paso desde la cresta de la ola.
Cuando pasó lo peor, y el agua nos dejó para volver al mar, escurrí mis pensamientos, puse a secar camisa y pantalones, y mientras estrujaba los calcetines, te miré fijamente y dije:
Tú lo mataste, pero yo lo enterré, y no sé qué es peor, porque no me importó si fue un accidente.
¿Sabes?
Ni siquiera quiero saberlo, sólo quiero que no vuelva, que no vuelvas, nunca.
Recogí mi ropa, me puse los zapatos y me fui, sin la intención de volver a mirar nunca atrás, pero tuve que hacerlo, olvidé los calcetines, di media vuelta, deshice el camino, los agarré sin mirarte, recogí también la poca dignidad que me quedaba, la sacudí un poco y me la colgué de mala manera antes de partir.
Esta vez no me detuvo tu voz, que nunca oí, ni la ropa que no me puse, esta vez fueron los gritos, al volver la vista atrás me percaté de que los observabas, a ellos, que gritaban, al muchacho que se ahogaba, al hombre que te llamaba a voz en grito pidiendo explicaciones, mirándome a mí, hace unos años, cuando te pedía que no te fueras.
Entonces te espeté: joder, mira lo que hemos hecho. Estás tan muerta como lo nuestro... ¿verdad?
Y ya ni siquiera supe si tenía a alguien delante, si alguna vez tuvimos algo, ni si hice todo aquel camino sólo, si no era a mi a quién pedía explicaciones, si me estaba mirando a mi mismo mientras me ahogaba, mientras recordaba lo que era ser... cuando estabas.
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