domingo, 13 de marzo de 2016

A primer pestañeo

Venga, a ver quien se ríe primero.

Primer pestañeo:
Comenzaron el juego entre sonrisas, clavaron sus ojos el uno en el otro como aquel que tras una larga cavilación sentencia un rumbo.
Poco a poco los gestos se fueron tornando cada vez más serios, aquellas sonrisas nerviosas ya no eran necesarias,
 porque ya no estaban allí.
Ambos habían envejecido unos años viajando por el iris del otro, recorriendo las tonalidades, contando las pestañas de distancia que obstaculizaban el camino entre la mirada de uno y la vida del oponente.
Aunque no se dieron cuenta, cuando volvieron a parpadear ya no eran los mismos
, ni volverían a serlo. Un mero instante.

Segundo pestañeo:
Fue entonces cuando sintieron el punto de no retorno, cuando les invadió el miedo y escucharon el sonido del silencio, los ojos temblaron, pero continuaron fijos. 
Ambos habían notado el cambio, y se cargaron a la espalda la levedad de los nuevos años, de aquella nueva vida que aceptaban descubrir y acoger como propia.
La tensión creció, el juego se prolongaba demasiado, no sabían cómo echar a andar con una carga que no era la suya y el aire les secaba los ojos.

Tercer pestañeo.
Ella dio el primer paso.
Acercó el rostro apenas unos centímetros, pero fue lo suficiente como para que él captara todo el mensaje, era la formulación de la pregunta que habían planteado de antemano.
Respondió de la única forma que supo, sonriendo a quemarropa, sin dejar de mirarla, pidiendo paso y permiso de una forma tan inocente que al 
darse cuenta del gesto no pudieron evitar descojonarse.
No sólo perdieron, si no que se regodearon en la derrota, pensando únicamente en lo triste que habría sido el éxito.

Para mí el amor es eso, una rendición compartida.
Esa mirada sostenida.

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