sábado, 10 de septiembre de 2016

Collige, Virgo, Rosas

El invernadero estaba a punto de cerrar sus puertas, pero para aquél último visitante de corta edad, la hora llegaba demasiado pronto, acababa de encontrar la planta más hermosa de todo el jardín, una simple margarita.
La contemplación de la misma cesó en el momento en el que la encargada le llamó la atención y lo condujo hacia la salida, mas aquel muchacho no se iría sin dar respuesta a la duda que bailaba en su cabeza.

-Oiga, señora, ¿qué cree usted que pasará cuando ya no queden flores?-preguntó.

-Bueno, supongo que la belleza se acabará con ellas.

El chico salió por aquellas puertas como quien acaba de escuchar una profecía que se cumplirá siguiendo los vaticinios de un destino inevitable.

Sin embargo, la primavera acababa y el verano se colaba en las casas en forma de notables rayos de sol, el cual comenzaba la tarea que más tarde continuarían el viento, la lluvia y la nieve.
El calor atacó a aquellas que no supieron adaptarse, a las más débiles e intensas, borrando sus colores.
Pero el chico suplió su ausencia con la arena, con el bronceado de su piel, con las tercas y resistentes flores que se negaban a dejarse arrancar por el que en las próximas estaciones sería su más fiel sustento.

Muchas llegaron al otoño, y el chico las observó con atención, contemplando la orgullosa y erguida figura de unas y la triste caída de tantas otras, pero en todas ellas el muchacho encontró algo bello.
El frío y el viento no consiguieron helar el jugo que el sol protegía, y el chico se maravilló con el mecer de las hojas en su eterna caída y con el vaivén de los árboles que le susurraban por las noches que quizá aquélla mujer no tenía razón.

Un mes más tarde llegaría el invierno, con sus gélidas lluvias y sus blancos augurios, y avanzado el mismo, ni una sola de las flores del pueblo seguía con vida, todas ellas habían quedado sepultadas bajo un metro y diecisiete centímetros de nieve, aun así, el chico se sintió estafado, pues en su vida no había visto nada más bonito que el blanco impoluto que cubría el asfalto, el lago endurecido o el derretir de los copos en la nariz de ella.

Por último, volvieron las alergias, y con ellas las flores, que resurgían de su letargo, volvieron a presumir en las plazas y en los campos, portando sus mejores tonalidades.
Fue entonces cuando el muchacho comprendió, que la mujer nunca tuvo razón, que la belleza de las flores está en su renacer, en el ciclo infinito de vida y muerte y en ese encantador punto de encuentro.


Mas el día en que se marchite la última flor del planeta, la razón cambiará de bando, pues no quedará nadie para hallar belleza en algo más, y las calles sepultadas por su propio peso no albergarán vida que presencie el sutil encanto de la caída de una flor.

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