viernes, 21 de agosto de 2015

Memorias rotas, reflejos cuerdos

Me miró sin verme y olvidé su rostro,
me besó sin rozarme y olvidé su nombre,
y al girarme no la vi.

Encontré a una chica asustada, que no estaba más fea por tener los ojos hinchados, las mejillas
inundadas o el pelo alborotado.
Una chica cansada, mirándome atónita desde el borde de la cama, tan deshecha como ella.

Le pregunté qué hacía en mi habitación, tenía que hacer la cama y recoger antes de bajar a tomarme el colacao, y luego ir al colegio, pero sólo tenía ganas de quedarme acostado y resolver aquel nuevo misterio, y de abrazarla, aunque no entendía por qué quería hacerlo.

La chica me respondió que estaba allí para ayudarme, por cómo lo dijo supe que no mentía, pero no era información suficiente, aunque tampoco parecía dispuesta a decir mucho más. 
Ya empezaba a despejarme y a hilar pensamientos, la chica tenía que haber estado ahí viéndome dormir, quizá incluso había dormido en la misma cama. Justo cuando iba a preguntarle si estaba loca, las primeras lágrimas brotaron de sus ojos y echaron raíces entre las sábanas, en un primer momento creí que estaba más loca de lo que mi frágil mente había calculado, sin embargo, aquella situación me resultó familiar.

Quería consolarla y a la vez correr, pero una vez más, por desgracia, me pudo la cordura, agarré unas zapatillas, eran blancas, esas no eran mis zapatillas, ¿serían de la muchacha? Levanté la cabeza... Aquella no era mi habitación, estaba impoluta, era blanca, había un pequeño armario enfrente de mi cama, un momento, esa no era mi cama, la puerta, las paredes, definitivamente no era mi dormitorio, me desorienté por completo.

Quizá la noche anterior no hubiese dormido en mi casa. La noche anterior. La chica, la chica, la chica. ¿Quería ayudarme? ¿A qué? ¿A volver a casa? Se lo pregunté, me dijo que entre sollozos que ya estaba en casa, esta vez no la creí, estaba loca loquísima, mi madre me advirtió sobre gente así, corrí hacia la puerta. Cerrada. Lo intenté de nuevo. Cerrada. Empujé más fuerte. Cerrada. 

La habitación me parecía cada vez más pequeña, y ella cada vez más grande, me dolía el pecho al mirarla, ¿por qué? 
Empecé a golpear la puerta y ella lloró más fuerte. Ya no pude contener más las lágrimas y la imité, grité lo más fuerte que pude, entonces se abrió la puerta, mi madre al fin había escuchado mis gritos. No, esa mano no era de mi madre, mi madre murió años atrás. Era una mano de hombre, que portaba una jeringuilla, corrí sin dudarlo hacia la chica, pero aquel hombre de azul me echó el guante, tiró de mí, y mientras miraba a la chica sentí un beso en el cuello, recordé su nombre. Se había levantado, estaba ante mí, lo pronuncié bajito, con miedo a perderlo, entonces alargó su mano hacia mi rostro, 
y yo, 
caí de nuevo en el olvido.

Lo que no recordé, fueron las promesas que rompí aquél día, que aquella mañana sería diferente, que la llevaría lejos del hospital, que por una vez no me iría, o la que rompí un año atrás, la de que no la olvidaría. 
Pensaba que esto último no lo haría aunque quisiera, pero me equivoco cada mañana que no la reconozco, cada vez que encuentro a una extraña donde siempre ha estado ella, y me duele el pecho cada vez que la miro porque el corazón recuerda lo que la mente ya no puede. Recuerda que al mirarla el pulso tendría que ser diferente, que no bombea suficiente sangre por mi cuerpo para hacer todas las cosas que querría hacer con ella, pero mi cerebro no lo entiende.

Ahora que rompo toda promesa realizada cara a cara, día a día. 
He llegado a la conclusión
de que en la batalla entre mente y corazón la mente manda. 

Pero si el corazón pierde, 
pierden los dos.



2 comentarios: